
En los años veinte España se llenó de apaches. Algunos vinieron directamente de las praderas del lejano Oeste, otros se pasaron antes por París (suele ocurrir con los fenómenos culturales: siguen itinerarios imprevisibles y se mezclan, se vuelven mestizos, impuros). En esos tiempos se relacionaba a los apaches con cualquier tipo de violencia extrema, y se hablaba de los “apaches fascistas” o se calificaba de tales a los pistoleros que trabajaban para el hampa barcelonesa. En 1925 se desarticuló en Bilbao una “banda de apaches”. Pero se estrenó también una zarzuela, Los apaches de París, e incluso sonaba un cuplé a ritmo de charlestón que cantaba Celia Gámez y que en algún momento decía: “Si vas a París, papa, / cuidado con los apaches”. En las revistas de moda el asunto era la “silueta apache”: “un gran pañuelo —seguramente rojo— anudado al cuello y el pelo como trasquilado que cae en guedejas sobre la frente y en los lados”.

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