En 2020, tras haber pasado tres años viviendo en América, cuando Carazo volvió a Madrid se percató de que Facunda, al igual que ocurría con una fotografía analógica que le había hecho hace tiempo, “se estaba velando, se estaba empezando a borrar”. Esa mujer que tanto había contribuido a su crianza y que por momentos había sido su confesora se estaba sumiendo en la desmemoria. “Yo, al ser periodista, sin darme cuenta ya había hecho un archivo de mi abuela: tenía entrevistas, conversaciones e imágenes. Así que, el paso que di, fue el de acompañarla a la geriatra junto a mi madre y le pedí todos los informes médicos de los últimos años. Son 500 folios de los que pude extraer la evolución de la enfermedad de una manera más fría o académica. También demostraba quién la llevaba a consulta y que mis tíos no estaban ni al corriente de los medicamentos que tomaba. Ahí supe cuáles eran los hilos de los que tenía que tirar”, cuenta el comunicador visual y reportero enfocado en cultura, medioambiente y derechos humanos.
Al reconstruir la historia de su abuela, Carazo ha identificado cuatro momentos claves que cobran categoría casi universal al echar la vista atrás a la segunda mitad del siglo XX en España: la desruralización (Facunda y su marido emigraron a la capital desde una aldea del interior de Murcia); la viudedad (la abuela del periodista perdió a su marido de forma prematura, quedándose sola al cuidado de cinco hijos); la adicción a la heroína (uno de los hijos de Facunda, tío del autor, falleció de una sobredosis a los 41 años en 1998); y, por último, la aparición de la demencia. Todos estos episodios tejen una narración que, en su falta de artificio, le habla directamente al lector de una realidad que a este, en uno u otro sentido, le resulta íntima y cercana.
Un retrato de facunda tomado por su nieto.Guillermo Carazo

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