«Aún no lo tengo claro”, dice Tory Burch, mientras una modelo entra en la sala de conferencias con una chaqueta de satén de corte deportivo y recto, con cordones de cuero que pasan por ojales alrededor del cuello y de la capucha. Pookie Burch, directora creativa asociada e hijastra de Tory, se sienta a un lado de ella. Y, al otro, Brian Molloy, un estilista que trabaja con ella desde 2020, justo después de que asumiera un papel puramente creativo en la empresa en 2019, cediendo muchas de sus funciones de directora general a su marido, Pierre-Yves Roussel.
El satén de la chaqueta es quizás demasiado “maternal para la noche”, en opinión de Pookie, pero le encanta el inusual cordón. A Burch no le gusta tanto. La modelo se marcha para cambiarse y Tory pide a una ayudante que saque de sus archivos una chaqueta del siglo XIX para que su equipo la estudie con detenimiento. En las reuniones de la diseñadora hay mucho de este juego con el pasado, todo son retos para quienes la rodean y la expectativa de que los demás también la desafíen siempre está presente. La maniquí regresa con los pantalones sujetos en el sacro con un clip. “Te pareces un poco a Oliver Twist”, dice Burch, sin malicia. La modelo sonríe.
A principios de esa semana, Burch se reunió conmigo en su oficina, situada en el mismo edificio, un inmueble de varias plantas que incluye un taller, una sala de exposiciones y muchos otros espacios amplios en los que uno podría perderse fácilmente. Aunque ya ha contado su historia en otras ocasiones, no le importó repetir sus momentos más destacados. “Mi padre nunca tuvo un trabajo propiamente dicho”, comenta mientras nos acomodábamos en el sofá, con platos de comida tailandesa apoyados en nuestro regazo. Burch tiene una confianza contagiosa; así que me da por pensar que si ella puede mantener el equilibrio con el pad thai de gambas sobre sus pantalones color crema, yo también puedo. Sus zapatos plateados le sobresalen por debajo del dobladillo de su pantalón y lleva una camisa abotonada debajo de una chaqueta gris. Su madre, Reva, era una anfitriona consumada que se convirtió en una especie de Martha Stewart (empresaria y presentadora de éxito), convirtiendo ramas de sauce en centros de mesa y secando esponjas vegetales de cosecha propia para regalarlas en Navidad.
La casa bicentenaria donde vivía la familia en Valley Forge, Pensilvania, tenía unas 15 habitaciones y estaba llena de objetos que sus padres habían encontrado en mercadillos locales y subastas. Según cuenta Burch, llegaron a tener hasta 35 pastores alemanes y seis gatos, además de una gran variedad de pájaros, tortugas y patos repartidos por las 20 hectáreas de la finca. Burch, que era un tanto marimacho, asistió a una escuela cuáquera local, donde los niños eran un poco más movidos que ella. Más tarde, sus padres la enviarían al colegio femenino Agnes Irwin. Y luego asistió a la Universidad de Pensilvania, donde se especializó en historia del arte y pasó un semestre viajando, lo que, según ella, le inculcó un cierto sentido filantrópico. Su ética de trabajo proviene de su madre: “Es la persona más ocupada que he conocido y tiene mucha más energía que yo”. Fue ella, además, quien le enseñó la importancia de que ganara su propio dinero.
Su primer empleo después de la universidad fue con un diseñador serbio llamado Zoran, cuyas prendas elegantes y minimalistas había llevado su madre. “Éramos literalmente él, su socio, yo y el taller de costura en la parte de atrás”, cuenta. El vodka empezaba a correr a las diez de la mañana (“Parecía Rasputín”, dice Burch), y Zoran quería que todo su personal se ajustara a su estética preferida: sin maquillaje, zapatos planos y pelo corto. A menudo se le encargaba despachar educadamente a los visitantes no deseados cuando su jefe se escondía en la trastienda. En Harper’s Bazaar, donde trabajó a continuación, aprendió cómo funciona una sesión fotográfica y a no dirigirse nunca al diseñador estadounidense Geoffrey Beene (ni a nadie) por su nombre de pila a menos que se le invitara a hacerlo.
Su carrera en el mundo de la moda se desarrolló con trabajos en Ralph Lauren, Vera Wang y Loewe, y en 1996 se casó con el exitoso empresario J. Christopher Burch. Él tenía tres hijas pequeñas, Pookie, Izzie y Louisa, que también se convirtieron en las hijas de Tory. Pookie recuerda cuando la conoció en la piscina de la casa de su padre en los Hamptons. “Pasó por allí –recuerdo lo que llevaba puesto– y empezó a hablar con mis hermanas y conmigo, y recuerdo que en ese momento pensé: “Me gusta esta persona”. Y tuve inmediatamente una sensación de seguridad”. Tory tuvo tres hijos con Chris Burch, los gemelos Henry y Nicholas, nacidos en 1997, y Sawyer, en 2001.
Trabajar mientras sus hijos eran pequeños resultó ser todo un reto. “Las mujeres tienen que tomar decisiones, y no creo que los hombres lo hagan”, me dice Burch sin rodeos. Durante un tiempo se convirtió en ama de casa, algo que ahora recuerda con cariño: “Jugar al tenis todos los días era genial”. Pero ella es alguien que no necesita dormir mucho y que siempre tiene ideas para múltiples proyectos.



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