29/06/2026

Bárbara Arena, escritora: “Yo vengo de la literatura de Internet que es vomitar un poco. Pero no quería hacer un texto que fuera una prolongación de mi identidad digital”

Ejecuta Arena así un enorme salto entre su personalidad de Internet y su recién estrenado papel de escritora, dinamitando la conexión que suele darse entre un papel y otro. “Escribir esto ha sido como practicar doma con un caballo”, explica trazando una metáfora que ilustra bastante bien el ejercicio de encontrar y reconducir su tono. Consciente como pocas de lo efímero de la conversación en el ecosistema digital, el objetivo de la autora con este libro era precisamente firmar un ejercicio de permanencia: “Quiero poder leerlo en cinco años y decir, ‘estoy satisfecha’. Que envejezca bien”.

La trama del libro nos sitúa en un momento indeterminado de la historia reciente de España –los albores de la democracia, por ejemplo–, en un círculo social muy concreto –clase alta muy conservadora– y en una circunstancia que marca indefectiblemente el destino de la protagonista –un embarazo fuera de los márgenes canónicos y tradicionales–. Sin duda, la historia sirve para trazar las coordenadas sociopolíticas de nuestro país, pero también el calado moral, conductual y casi antropológico de una casta social muy determinada. Sin estigmatizar ni emitir juicios. Eso, en todo caso, corresponde al lector (gracias, Bárbara).

La novela, que pertenece a la colección de Episodios Nacionales de la joint venture editorial que invita a creadores a repensar la historia reciente de España, es un ejercicio literario contenido, austero y clásico, muy clásico, que nos abre una ventana por la que espiar cómo una determinada clase social vivía –o vive, incluso– un acontecimiento extraordinario a muchos niveles y, también, cómo se transitaba por el amor en un contexto de asimetría extrema. “En una pareja, ama más el que más espera”, se lee en un momento de la novela. “Ciertas personas de una generación atrás han vivido así el amor toda la vida. Yo he oído a gente muy cercana hablar de las relaciones en términos de disposición. De hecho, lo sigo viendo, no en mi generación, pero sí en mujeres que conozco. La protagonista no se permite a sí misma considerarse víctima en ningún momento, hay una sumisión total a una entrega, no tiene autonomía. Está enamoradísima de un hombre que no la ha visto realmente en ningún momento de su existencia”, explica la autora.

La única voz que no pertenece a ese inaccesible estamento social en la obra es la de un taxista con el que la protagonista mantiene una reveladora conversación durante un trayecto. Y, pese a ser el único personaje con el que más ampliamente podrían identificarse los lectores, la charla es, quizá, lo menos verosímil de un libro increíblemente verosímil. “Es una voz que me costó encontrar porque al principio yo usaba al taxista como un elemento de ritmo y caí en el error de caricaturizar lo que yo entendía que era alguien con esa profesión. Y pensé que lo que quería era que esta persona tuviera sentido, tanto para la trama como para la protagonista”, explica Arena. Fue su editor, Manuel Guedán, el que le propuso que el chófer fuera una especie de Caronte, una suerte de guía que conduce a la protagonista entre dos momentos decisivos. Con esa premisa en mente, la conversación cobra un cariz casi de realismo mágico.

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