Decía el Premio Nobel Albert Schweitzer que la felicidad es la clave del éxito. Es decir: “Si amas lo que haces, tendrás éxito”. Y si a Miguel Becer (Cáceres, 1985), director creativo de ManéMané, lo juzgamos por este rasero, entonces, el cacereño es el hombre más rico del mundo.
Hubo un tiempo, sin embargo, en el que el diseñador entendía esa gloria de otra forma. “Antes sentía que el éxito de ManéMané –que no sé si es el mismo que el mío, pero se parece– era expandirse muchísimo”, cuenta. “Ahora disfruto de un triunfo de otro tipo que no tiene tanta exposición, pero que a mí personalmente me hace más feliz. Es una realidad más amable sobre el control de lo que hago”.
Esta evolución, fruto de la madurez –“¿Será eso, no?”–, lo ha llevado a entender su firma y su vida de otra forma. Ya no lo guía la ambición, sino tal y como repite en más de una ocasión, su paz mental. El pasado abril, sin embargo, el cuerpo le pedía algo más. ManéMané celebraba su décimo aniversario y el diseñador sintió que era la excusa perfecta para agregar algo de adrenalina a su rutina: era el momento de volver a desfilar. Lo hizo, tal y como recuerda, de la mano de 080 Barcelona, donde él mismo confiesa sentirse como en casa. “En Madrid siempre he estado muy a gusto, es mi hogar, pero en Barcelona me recibieron con la alfombra roja preparada y fue muy bonito regresar de la mano de tantos amigos que compartieron pasarela conmigo”, recuerda.
Allí, en el recinto modernista de Sant Pau, donde se celebra cada seis meses el certamen, Becer presentó su colección otoño-invierno 25/26. Una oda estética al punk y al folk que condensaba como pocas el ADN que la firma ha cosechado a lo largo de estos diez años. “Siempre me ha atraído el folclore. Son mis raíces. También es algo que tiene que ver con un concepto por el que abogo firmemente: debemos hacer moda de la realidad que conocemos y contársela de manera muy atractiva al mundo entero, lo más lejos que se pueda”, sostiene. “No me siento a gusto trayendo cosas de otros sitios y haciendo moda de ellas. No me siento a gusto haciendo trajes inspirados en las geishas o en la política americana. Esas realidades no son la mía. Pero sin embargo, sí me veo con fuerza o con compromiso suficiente como para contar lo que yo soy en versión moda a quien sea y cuanto más alejado mejor. Lo disfruto mucho”.

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