La celebración posterior se desarrolló como una secuencia de distintos momentos, en escenarios diferentes de la Finka 4.1 que los invitados fueron descubriendo poco a poco. Este enclave permitió a la pareja celebrar su enlace en espacios menos tradicionales, como la piscina abandonada o el frontón, así como el búnker, que les dio la oportunidad de poner el broche fiinal a la fiesta.
La decoración contemporánea de la boda en Barcelona de Marina y Joan
Los novios contaron con Laia Canals, de The Wedding Club, que fue su mejor apoyo durante todo el proceso. La pareja también contó con Pedro, de Cayana Studio, que ejerció de director creativo, encargándose de la decoración. “La creatividad y el estilo de Pedro nos cautivaron cuando le conocimos, especialmente por la forma en la que supo captar nuestras ideas y expectativas desde el inicio”, comentan.
“La decoración partía de una idea simbólica: las coordenadas que han marcado la historia de Marina y Joan. Cada lugar compartido a lo largo de su relación se convirtió en inspiración para recrear su esencia más pura: dinámica, elegante y contemporánea. La localización elegida, La Finka 4.1, se concibió como el punto cero de ese mapa emocional, un enclave estratégico del Mediterráneo que une el Maresme con las costas valencianas. La paleta cromática combinó el azul profundo del mar con el naranja de los cultivos valencianos, un guiño a la familia de Joan, dedicada desde hace generaciones al cultivo y exportación de cítricos. A su alrededor, materiales reflectantes —espejos y metales trabajados en formas cúbicas y líneas rectas— componían un juego de reflejos entre mar, cielo y tierra, creando una atmósfera llena de movimiento.», explica Pedro.
“Durante la ceremonia, se apostó por una estética arquitectónica y depurada, con líneas puras y materiales naturales que daban protagonismo a la sencillez. Los tejidos de algodón aportaban textura y ligereza a un espacio ecléctico y luminoso, mientras una pirámide de naranjas introducía el punto de color y frescura, desestructurando el conjunto con un gesto lleno de simbolismo. El aperitivo tuvo lugar en un escenario tan inesperado como fascinante: la piscina abandonada de la Finka. Un espacio que evocaba amplitud, rareza y cierta belleza decadente, neutralizado por una larga mesa espejada en tonos azules que parecía flotar sobre el agua, creando un efecto visual hipnótico. Para la cena, un manto de color naranja inundaba las paredes y las mesas, combinando la calidez del tono cítrico con acentos en negro profundo. Los lirios naranjas y los cítricos trabajados de forma escultórica se mezclaban con elementos metálicos y lámparas a juego, envolviendo el ambiente en una luz cálida, sofisticada y profundamente mediterránea. La banda de jazz se situó entre el seating de mesas imperiales dando un ambiente distendido durante la cena. La celebración terminó en el club, como no podía ser de otra manera. Queríamos darle un ambiente más underground y de verdadera fiesta”, continúa.

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