En el proceso de montaje, ella lo ha controlado todo, desde las chinchetas que sostienen las imágenes a la ausencia voluntaria de cartelas informativas. La muestra arranca con una instalación inmersiva que explora sus primeros trabajos en el mundo de la música, cuando estuvo colaborando con los Rolling Stones. A mediados de los 70, Mick Jagger pidió a Annie que cubriese en calidad de fotógrafa la gira de la banda, y el resto ya es historia. En la rueda de prensa Leibovitz la ha llamado “la pared del aprendizaje”, pensada para los fotógrafos más jóvenes, para darles un ejemplo de hasta dónde hay que meterse para hacer una foto. También incluye al principio una serie fotográfica con coches, que evocan la ventanilla del automóvil familiar que ejerció como su primer marco fotográfico e influyó en su manera de ver el mundo.
Más allá del fotoperiodismo, desde temprano ha sido alabada su faceta como retratista: es archiconocido su concienzudo proceso de preparación para hacer una foto. Puede estar meses documentándose, leyendo todos los libros de quien va a retratar o viendo todas las instantáneas que se han hecho de ella, como sucedió con la serie de la Reina Isabel II de Inglaterra. En esta muestra no veremos icónicas imágenes como aquella de John Lennon en posición fetal junto a Yoko Ono, justo antes de su asesinato en 1980. O la de Whoopi Goldberg en la bañera. Eso se debe, comentaba Tim Blanks, a que Leibovitz consideraba fundamental mostrar los orígenes de su fotografía de moda: “Yo no era como una fotógrafa de moda, así que ¿de dónde surgió? Hay una pequeña sección al principio de ‘Wonderland’ que muestra la historia de algunos de mis trabajos y cómo empecé a darme cuenta de la importancia que tiene la ropa —o la falta de ella— en un retrato”, señalaba para BoF.
Todo el trabajo de Leibovitz se mueve entre la realidad y la ficción. Inmortaliza como nadie la escena cultural de su época, pero también es capaz de crear un universo paralelo, a menudo cargado de fantasía, que añade una capa narrativa extra a las escenas que ha planteado en cada colaboración con Condé Nast. “Las dos preferimos contar historias. En eso nos compenetramos a la perfección. Puede que ambas estemos un poco chifladas, pero juntas hemos creado historias increíbles”, sostiene Grace Coddington en el libro de la exposición.“Normalmente, cuando se hace una sesión de fotos de moda, el objetivo es ilustrar la ropa”, explicaba la editora de moda Phyllis Posnick, colaboradora frecuente de la fotógrafa, en un reportaje del New York Times. “Lo que hace Annie es ‘vestir’ la fotografía’”. Así es como consiguió algunas de las imágenes más inmortales de las páginas de Vogue. Para el recuerdo queda aquella Natalia Vodianova de 2003, fotografiada como una ‘Alicia en el País de las Maravillas’ en apuros, vestida por Helmut Lang. O Sarah Jessica Parker, enfundada en un esmoquin de Yves Saint Laurent, delante de una montaña de almohadones. Bajo el nombre de ‘Pillow Talk’, aquella sesión fue inmortalizada en un desmantelado Hotel Plaza de Nueva York, cuyo interior (o al menos algunos espacios) iban a ser convertidos en apartamentos de lujo. Estas dos instantáneas, junto a otros retratos de figuras como Zendaya o Rihanna, integran precisamente esta última sección de la muestra, que se remonta a esos primeros reportajes para la revista, inspirados por los cuentos de hadas que Leibovitz le leía a sus hijas. “Conservé mis fotografías de moda a lo largo de los años porque no estaba segura de dónde encajaban… Entonces comprendí que formaban parte de un todo”, sostenía la fotógrafa.

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