El protector solar de acabado invisible sin el que no puedo vivir en invierno
Personalmente, los minutos que dedico cada mañana al cuidado de mi piel, lejos de suponerme un esfuerzo, me parecen un auténtico lujo. Es nada más despertarme, después de la ducha matinal y el café de rigor, cuando empieza mi ritual diario e inamovible: tónico, sérum –según las necesidades que presente mi piel–, contorno de ojos y crema hidratante. Solo entonces (porque este debe ser siempre el último paso de cualquier rutina facial) aplico mi fotoprotección. Eso sí, siempre después de dejar el tiempo suficiente para que la hidratante se absorba por completo, un gesto fundamental para mejorar la penetración y obtener los máximos beneficios del FPS.
Pues bien, debo reconocer que, aunque hoy no concibo prescindir de él, durante años ignoré por completo el último paso, el del protector solar. Y no por desconocimiento –era plenamente consciente de su importancia–, sino por algo incluso peor: pereza. Porque, seamos sinceros, no siempre ha sido el producto más apetecible del neceser. Durante años, la falta de cosmeticidad en las fórmulas –densas, blanquecinas y pegajosas– hacía que muy pocos se animaran a usarlo a diario, y su aplicación quedaba relegada casi en exclusiva a los meses de verano, cuando en las horas centrales del día los litorales se llenaban de “fantasmas” de rostro y hombros blancos como la leche. Hoy, sin embargo, se ha avanzado años luz en este terreno, y los acabados se han vuelto casi invisibles. O sin el ‘casi’, como ocurre con mi último descubrimiento en estas lides.
Hablo de la Barra Solar Triple Acción Acabado Zero SPF50+ PA+++ de Arturo Alba, uno de los formuladores más prestigiosos de nuestro país. Se trata de un stick ideal tanto para una primera aplicación como para reaplicar durante el día, lleves o no maquillaje, porque es literalmente invisible. De hecho, la primera vez que lo usé pensé que todavía tendría algún film protector cubriendo la superficie, porque no notaba absolutamente nada en la piel. Luego me decanté por la teoría de que quizá no estaba depositando ni el más mínimo rastro de producto en mi rostro, y estuve a punto de relegarlo al cajón de “productosqueheprobadoynomehanconvencido”.
¿Por qué se acabó salvando del olvido? Por pura casualidad. Una mañana de viernes, a finales de septiembre, al salir de la ducha me descubrí ante el terrible panorama de que no quedaba café. Un drama para alguien cuya media diaria de tazas supera lo socialmente aceptado, y cuya mañana no empieza formalmente sin una. No tuve más remedio que salir a comprar ipso facto y, al abrir la puerta, un sol cegador me dio de lleno. Recordé que llevaba el stick en cuestión en el bolso, y decidí ponerlo a prueba. “¿Por qué no? Algo hará”, pensé.

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