Salir a correr sin auriculares puede ser intimidante, pero cambiará por completo tu vida
Se puede saber mucho de una persona por los pequeños secretos de su rutina. No me refiero a las clases de Pilates ni al agua con carbón vegetal que no paramos de ver en nuestros feeds de Instagram, sino a esos rituales poco glamurosos que usamos para sobrevivir en nuestro día a día. Puede ser desde hacer una visualización guiada de Goop cada mañana hasta repetir siempre los mismos platos (bastante simples, la verdad). Al final, casi todas estas costumbres vienen más de la comodidad y la necesidad que de intentar mejorarme a mí misma.
Mis rutinas cambian dependiendo de la temporada. Hay días en los que bebo agua como si fuera una deportista olímpica y me alimento de comidas con bajo índice glucémico. Pero también hay épocas en las que termino pidiendo el segundo vino blanco más barato de la carta y acostándome a cualquier hora. Aunque siempre voy diciendo, con más o menos convicción, que “el cuerpo es un templo”, lo único que realmente mantengo constante es que soy una persona diurna. Hacer ejercicio temprano es mi truco de toda la vida para mantener la cabeza en su sitio.
A principios de año fui a un retiro de Rob Rea (uno de esos entrenadores que trabajan la respiración y el “potencial humano”) donde habló de la importancia de hacer una sola cosa a la vez. Suena fácil, ¿verdad? Pues no. En la práctica es como intentar “poner la mente en blanco”: mucho más difícil de lo que parece.
Me di cuenta de que casi siempre estoy haciendo un millón de cosas a la vez y tragándome contenido por todas partes: un pódcast mientras camino, el móvil cada vez que piso el metro, escuchando el nuevo álbum de Rosalía cuando estoy con el ordenador… y sí, a veces incluso cuando salgo a correr.
Voy saltando de un estímulo a otro y al final, por mucho que pueda consumir, no me quedo con nada, como si estuviera funcionando a cámara lenta.
Fue precisamente esa sensación de ir siempre agobiada y dispersa, y el consejo de Rea, lo que me llevó una mañana a salir a correr sin auriculares, dejando atrás todo el hyper-pop que normalmente me taladra los oídos y los cables enredados.
Cuando la voz de Addison Rae dejó de retumbar en mis oídos y dejé de sentir pánico al escuchar mis propios pensamientos, me di cuenta de que, tal vez, el silencio también puede ser algo bueno. Sin música, te vuelves más consciente de lo que te rodea, e incluso el ruido metálico de las latas de cerveza que se amontonan en las calles adquiere un significado tranquilo y poético a las 7 de la mañana.

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