Es una de las figuras indispensables para entender el funcionamiento del sistema de la moda (desde su comunicación hasta su comercialización) del siglo XXI. El nombre de Carmen Busquets (Venezuela, 1965) está detrás de algunos de los lanzamientos más disruptores, todos con la tecnología como aliada y con la industria de la moda y la belleza como hilo conductor, de los últimos años. Net-a-porter, Moda Operandi, The Business of Fashion, Cult Beauty o The Floor son algunos de ellos, donde ella ha puesto no solo inversión, también su amplio conocimiento. Apasionada de la meditación (Deepak Chopra, socio de sus padres, la inició en la práctica), Carmen Busquets habla con conocimiento del sector, de sus retos y oportunidades. Ahora, a través de su Fundación, estimula no solo iniciativas que impulsan la moda, la belleza y la decoración como agentes de cambio, también ejerce una de las ocupaciones que más satisfacción le da: la filantropía, actividad que ejerce desde joven, con los desfiles que organizaba en Venezuela, “siempre para levantar fondos para cualquier obra filantrópica”, hasta Bhutan for Life, para preservar la biodiversidad de un país al que se siente fuertemente unida.
Su pasión por la moda le viene de pequeña, cuando se pasaba los días disfrazándose, inspirada por las múltiples personalidades que aparecían en Sybil, el best-seller que Flora Rheta Schreiber publicó en el año 73. A principios de los noventa abrió su primer negocio, una tienda física de prêt-à-porter de lujo, Cabus, en su Caracas natal, éxito que replicó en futuros proyectos digitales con la misma fórmula: poniendo al cliente y sus necesidades en primer plano. “Todo el mundo tiene la misma pauta, que se basa en una clientela leal, que es la que te hace entre el 30 y 60% de tu negocio, pero que cambia cada diez años”. Éxito para clientes, inversores y para la propia Busquets, que fue de las primeras que paladeó las mieles del boom puntocom en el negocio textil, y que le ha llevado a convertirse en un faro que ilumina el presente y el futuro del negocio.
Fue una de las primeras inversoras en ver la oportunidad de vender prendas de lujo a través de internet con Net-a-porter, ¿cómo empezó todo?
Conocí a Natalie Massenet en el 99, para aquel entonces yo estaba harta de mi negocio en Caracas. Llevaba 10 años yendo a todos los desfiles, lo cual es muy divertido al principio. Iba tantas veces a Nueva York, Londres, Milán y París que yo lo que quería era ir a Japón o a cualquier otro lugar (ríe). Además empezaron las precolecciones y tenías que ir de nuevo otra vez. Yo pensaba que aquello no podía ser toda mi vida y que quería aprender más del negocio, porque el mío ya me lo sabía de memoria. Ya había aprendido de los errores y de los aciertos, tenía en propiedad el edificio de la tienda, porque siempre he confiado en la inversión de la propiedad, había abierto otra boutique para vender el stock, porque al principio no sabes cómo funcionan las cosas, ni conoces a tu clientela, y almacenas mucho sobrante, pero llegó un punto en el que no tenía ni el 5%. Ya manejaba bien mi negocio, pero sabía que el número de clientas no iba a crecer mucho más y sentí que podía replicar la pauta por internet. Y en ese momento es cuando conocí a Natalie, cofundadora de Net-a-porter. No fuimos las primeras en llegar, de hecho ya había negocios grandísimos, con grandes empresarios que estaban explotando una fórmula para crecer muy rápido.
Y en el año 2000 llegó vuestro momento…
Sí. A mí ya me habían hecho propuestas anteriormente para invertir 1 millón con un 1% de rentabilidad, pero yo sabía que eran fórmulas de negocio que no iban a funcionar. En cambio, cuando Natalie me presentó su propuesta yo sabía que eso estaba tan claro, que sí lo iba a hacer. Había conseguido 400.000 libras con 30 inversores, y le dije: “te vas a volver loca con tanto inversor. Yo te voy a poner el resto”. Las dos comenzamos captando clientela, cuidándola, pero también yendo a los desfiles y seleccionando las prendas. Al principio no teníamos equipo pero poco a poco fuimos contratando más buyers. No tuve que ir a un desfile más por obligación, solo a los que me gustaban.
¿Qué aprendisteis en esos primeros años?
Poco a poco empezamos a poner nuestras reglas de mercado: si una marca no vendía más de 70% al precio completo, no la comprábamos de nuevo. Y si algo no se vendía, le agarrábamos un miedo… También nos dimos cuenta de las diferencias de compras por países, por ejemplo, a los japoneses les gustan las cosas más seleccionadas y precisas. A los americanos les gusta todo lo nuevo… Crecíamos paralelamente en Inglaterra, en Estados Unidos, etc.
Y también crecieron paralelamente a la tecnología.
Nosotros éramos retailers, utilizábamos la tecnología como ayuda. Hoy en día estamos utilizando la IA para ser más eficientes, pero si vendemos 10 vestidos, con la tecnología van a ser 10 vestidos igualmente los que vendemos. No es que nos vayamos a multiplicar la venta por usarla, porque los clientes no se multiplican.
Pero el resto de empresas en las que invirtió sí que se multiplicaron…
Sí, porque fui aprendiendo del negocio, y seguí invirtiendo en más cosas. Unos negocios me fueron muy bien; invertí en joyería, en arte, en muebles… Hice mi propio negocio de costura. Con el tiempo, en Net-a-porter hacíamos análisis, números y segmentación, cuánto podíamos vender, y me aburría. Así que empecé a apoyar a artesanos, y en 2006 decidí fundar Couture Lab, pero tuve problemas con el CEO que puse, tuve que emprender hasta acciones legales, y lo cerré en el 2014. Ahora mantengo la inversión en las compañías donde estoy y soy leal a todas porque están muy bien manejadas, pero también invierto en otras mucho más grandes que no son de moda.
Ahora, uno de sus objetivos es invertir más en artesanos, ¿está el futuro en la empresa pequeña?
Tenemos que volver a tener couturiers, que los diseñadores puedan volver a controlar su negocio, y donde no tengan que depender de un CEO para que les maneje unos negocios imposibles que van a dejar de existir, porque esa era ya se acabó. Creadores hay millones, y la mitad de las tiendas multimarca han ido a la bancarrota, así que dónde van a vender. Lo mejor que pueden hacer es manejar su clientela y darle un buen trabajo a los artesanos.
Todo este recorrido en estas últimas dos décadas te ha fortalecido como inversora pero también como persona, ¿dónde aprendiste esta resiliencia?
Soy prácticamente sorda de nacimiento y nadie lo sabía. De pequeña yo sentía que no oía bien y el resto del mundo sentía que yo oía solamente lo que me convenía. La verdad es que sí que oía algo, así que empecé a pensar ‘pues tienen razón, yo oigo lo que me conviene’. Era muy buena en matemáticas y en arte, porque no lo tienes que oír, lo estás viendo y observando. La historia me fascinaba, pero era disléxica, así que tratar de acordarme de las fechas y los nombres era un lío, porque lo mezclaba todo. Ahora, tengo una memoria visual increíble. Descubrimos que el problema de la audición venía del lado de la familia de mi madre porque había varias primas que eran sordas, y mi abuela seguro que también lo fue. Mi madre era cubana y en casa todo el mundo gritaba, así que yo oía muy bien a los adultos, pero a los niños no los oía mucho. Yo tenía mi propio mundo ya que no podía participar en los juegos de las demás niñas porque me perdía las instrucciones. Para mis padres y mis profesores era muy difícil creer que era sorda, porque me ayudaba mucho a completar mi mundo fijarme en lo visual, según lo que observaba y lo que lograba oír. Antes no era como hoy en día, que le hacen exámenes a los niños. Mi hermana es nueve años más joven que yo y enseguida se lo diagnosticaron. Yo hablo inglés y francés con mucho acento, y se metían conmigo por eso, pero yo pensaba ‘pero qué es eso del acento, si yo oigo a todo el mundo igual’. Y cuando me puse los aparatos del oído la primera vez, me di cuenta… Así que cuando conocí a Sofía Vergara le dije: ‘Gracias, porque por primera vez hiciste nuestro acento sexy’. Todo esto te hace muy resiliente, muy fuerte y te da igual lo que digan los demás.
¿Sufriste por ello algún tipo de ‘bullying’ en el colegio?
Te voy a ser honesta, yo no sé si se burlaban de mí o no en mi clase, pero para mí aquellos años fueron brillantes. Pero si alguien me decía que era tonta, pues yo sonreía porque no oía lo que me decía. Si algún día alguien trató de hacerme un bullying, no lo consiguió, porque jamás lo oí. No te puedo contar que viví nada dramático. Aunque si había alguien que se burlaba de otra niña en la clase, como observo mucho, por el lenguaje corporal, las defendía. Me metía en muchos líos, pero no porque fuera rebelde, sino porque me molestan las injusticias.
¿A qué te dedicabas?
A dibujar, a pintar o hacer experimentos.
¿Y te interesaba la moda?
De pequeña era mi manera de expresarme y de disfrazarme según la personalidad que quería ser. Me ofrecieron una beca a los 17 años en la escuela Parsons pero mis padres me dijeron que no, que si estudiaba moda me iba a morir de hambre. Me encantaba diseñar, pero lo que yo tenía seguro es que iba a ser artista, creativa. Si hubiera empezado moda seguramente hubiera terminado haciendo diseño interior o arquitectura. Al final fui a la universidad en Miami, a estudiar Artes y Ciencias con Marketing.
¿Y en qué momento decidió montar Cabus, su primera tienda?
Conocí a Sydney Pollack en Santo Domingo, cuando fui a visitar a una prima que vivía allí. Él estaba rodando la película Habana. Me ofrecieron trabajar en vestuario, y yo pensé: ‘esto lo hago perfecto’, pero justo en la preparación murió mi hermano. Yo tenía poco más de veinte años y mi madre me pidió que volviera a Caracas. Me sentí obligada a estar con mis padres sobre todo también por mi hermana, porque pensaba cómo iban a criar a alguien con un dolor tan profundo. Y tuve que rechazar a Pollack. Él me dijo: ‘no te vas a arrepentir jamás, porque yo sé lo que es la familia’. Fue el mejor consejo. Al volver a Venezuela yo tenía claro que con mi padre no iba a trabajar. Así que decidí montar una tienda de moda. Hacía también desfiles y relaciones públicas, porque en aquella época no existían Vogue ni las grandes revistas de moda en Latinoamérica. Por lo tanto, yo tenía que conseguir las fotos de los desfiles para actualizar las noticias de la moda, porque a veces salían los desfiles de dos años atrás. Mucho de mi mercado y de mi clientela compraba en Estados Unidos, porque no vendían esas marcas en mi país, así que empecé a hacer pre-orders, les mandaba los dibujos y las fotos por DHL y podían comprar todo con antelación. Tenía 20 clientas que hacían el 70% de mi negocio. Algunas de esas clientas, con las que hice amistad, me siguieron después a Net-A-Porter.
¿Qué opina de la moda española?
Conozco muchas marcas españolas y una de las cosas que es una lástima es que los españoles no se unan más a Latinoamérica. Compartimos idioma y nuestras raíces y artesanos son parecidos. En Latinoamérica hay una gran riqueza. Son 20 países donde hay una creatividad increíble. Quizá la producción no es de la calidad que se pueda conseguir en España, pero esto podría ser el hub y Madrid, la primera ciudad donde ellos puedan entrar. Por ejemplo, Silvia Tcherassi tiene su primera tienda aquí. Yo trabajo mucho con los Latin American Fashion Awards, que están haciendo un gran trabajo, y creo que deberíamos de invitar a diseñadores españoles. Como los españoles deberían invitar a los latinoamericanos a presentar aquí. Veo en España una gran posibilidad si en los próximos 10 años se ponen las pilas. Y lo tiene que hacer con Latinoamérica y con las islas del Caribe. La cultura y el lenguaje nos une.

Más historias
Rebajas de verano 2026: 21 productos que una editora de Vogue incorporará a su cesta de la compra
Cómo ayudar a Venezuela después de los terremotos
La bandana roja es el único accesorio que necesitas este verano (y aquí tienes las pruebas definitivas)