Por fin me he dado cuenta de que esa sensación mía no tiene nada que ver con la noche anterior. Independientemente de que la fiesta, la comida en el restaurante o la cena sean buenas o malas, extraordinarias o comunes, sigo sintiéndome vacía después. Y la respuesta, me dicen, puede estar en el «circuito hipotalámico subyacente al control dinámico de la homeostasis social». En ratones.
«Descubrimos que hay un conjunto de neuronas que empiezan a activarse en cuanto se coloca al animal en una jaula aislada», explica Catherine Dulac, neurocientífica y profesora de la Universidad de Harvard y del Instituto Médico Howard Hughes. Su laboratorio, el Dulac Lab, examina las bases moleculares y neuronales del comportamiento social en ratones y, en febrero de 2025, publicó un artículo que parece arrojar luz sobre mis sensaciones. Dulac resume así sus conclusiones: «Si un animal ha estado con un grupo de ratones, y luego lo pones solo, hay un conjunto de neuronas que empiezan a dispararse; y cuando el animal se reúne con otros, paran».
Dulac cree que estas neuronas fomentan el impulso social: instan a los ratones a volver al grupo, lo que podría decirse que es evolutivamente beneficioso para la supervivencia. Estas neuronas no solo dejan de activarse cuando los ratones se reúnen, sino que también se activa otro conjunto de neuronas, las que codifican la saciedad social. Dulac compara estos mecanismos con los que nos llevan a comer cuando tenemos hambre y a dejar de hacerlo cuando estamos saciados. Al igual que al comer, beber y dormir, el cerebro parece entender la socialización como una necesidad de supervivencia.
Pero ¿hasta qué punto se puede extrapolar la experiencia ratonil a la mía personal? Dulac sospecha que las neuronas que encontró en los roedores también existen en el cerebro humano; al fin y al cabo, «sentimos hambre o fatiga o sed de forma similar a un ratón, un perro o un elefante». Pero, comprensiblemente, no puede asegurar que estas neuronas sean la causa de mi tristeza post-social. «Somos seres humanos, podría ser mucho más complicado, deberse a tu historia personal o a todo tipo de cosas».
Jaimie Krems, psicóloga y directora del Centro de Investigación de la Amistad de la UCLA, cree que podría haber un elemento evolutivo en juego. Krems señala que puede haber un «desajuste evolutivo en la forma en que socializamos», lo que significa que nuestras formas modernas de socializar están reñidas con las expectativas de nuestro cerebro. En resumen: las interacciones sociales de nuestros antepasados no terminaban tan abruptamente como ahora. «Volvíamos a casa caminando a comunidades compartidas, dormíamos juntos, nos veíamos a la mañana siguiente para ayudar a cuidar a los niños o atender otras obligaciones», dice Krems. Hoy, luchamos contra la soledad instantánea.

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