Autoexigencia y perfeccionismo: el síndrome de la mujer renacentista
Me cuesta soltar el control. No siempre he sido así, pero desde hace algunos años siento el peso de esta sociedad hiperproductiva que, unida a mis inseguridades y a mis situaciones personales, me llevaron a querer hacerlo todo bien (siempre). Por supuesto que no lo he conseguido. Nunca me siento satisfecha con mis logros porque cuando me va bien en el trabajo, siento que he descuidado a mi familia, que no he ido todos los días al gimnasio o que no me he esforzado lo suficiente en cualquier otra área de mi vida.
“Soy una perfeccionista”, decía con el desencanto de quien sabe lo difícil que es salir de ahí y lo que subyace ante esa palabra en apariencia inocente. Años de terapia y de hablar con expertos de bienestar y salud, me hicieron entender que la inseguridad y el miedo al fracaso motivaban gran parte de mis comportamientos. En una conversación con la psicóloga Olga Albaladejo, citó a la investigadora Brené Brown, una de las principales voces sobre vulnerabilidad y empatía, quien explica que el perfeccionismo no es una forma de evitar la vergüenza, sino una consecuencia directa de ella. “Es el intento de blindarnos para no sentirnos juzgadas, que acaba aislándonos aún más”, matiza Albaladejo.
Fue a partir de esta reflexión que me di cuenta de que debía revisar mis prioridades y aceptar que suficientemente bien, también está bien. Necesitaba dejar de lado la constante necesidad de demostrar mi valía como profesional, como madre, como amiga… como mujer. “En consulta lo veo a menudo en forma de lo que la investigación denomina el esquema de la supermujer: la creencia interna de que hay que poder con todos los roles a la vez, sin mostrar fragilidad, sin fallar, sin pedir demasiado”. Subraya que el contexto social refuerza esta autoexigencia. “A las mujeres se les sigue aplicando una prescripción implícita de excelencia total: ser competentes, disponibles, cuidadoras, emocionalmente inteligentes, productivas y, además, agradecidas por poder estar ahí”.
La psicóloga observa que vivimos una paradoja histórica. Las mujeres han conquistado espacios que durante siglos les fueron negados —liderazgo, independencia económica, visibilidad—, pero esos avances no vinieron acompañados de una renuncia equivalente a las cargas tradicionales. “Se sumó todo, no se sustituyó nada”, y añade que es una ecuación explosiva: “más oportunidades, expectativas tradicionales intactas, modelos profesionales pensados para vidas sin cuidados, es igual a agotamiento silencioso”.
La trampa de la autoexigencia
La psicóloga Violeta Acedo, experta en autoestima y apego, llama a ese ideal el ‘síndrome de la mujer renacentista’. “Desde una mirada psicológica actual, este fenómeno se entiende como una combinación de perfeccionismo, internalización de estándares culturales y sociales y una autoimagen condicionada por la aprobación externa”. Afirma que es un síndrome porque cuando se desborda puede terminar en desgaste emocional, ansiedad y sensación de vacío, aunque en apariencia todo parezca estar bien.

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