El auge del ocio diurno
La famosa hora del té británica reconvertida en happy hour en los pubs de moda, no solo de Londres; el ‘tardeo’ como concepto de moda entre los más jóvenes que muchos bares y locales de noche han sabido reinterpretar (y rentabilizar); clubs de running matutinos que crecen como la espuma en ciudades que antes nunca dormían (sí, hablamos de Nueva York); cócteles sin alcohol con adaptógenos para evitar resacas y sumar beneficios, y locales en los que el DJ trabaja en turno de tarde (y nunca de noche). La lista de hechos y detalles curiosos que confirman que salir hasta tarde ya no está de moda –tal y como afirmó el periodista Paolo Armelli en un artículo para Vogue Italia en 2024 en el que analizaba la incipiente tendencia– es larga. Y promete seguir creciendo.
Lo que ratifica, entre otras cosas, que lo que podría haber sido una consecuencia pasajera de la pandemia se ha convertido en tendencia absoluta con propósito de redefinir las relaciones sociales y la forma en la que entendemos el bienestar. Todo va de la mano. Que cada vez haya más personas (generación Z incluida) que hayan decidido cambiar las largas noches de fiesta por encuentros vespertinos tiene muchas explicaciones vinculadas con la cultura del wellness, el concepto de la longevidad convertido en mantra popular y la imperiosa necesidad de desconectar del mundo exterior y conectar con uno mismo y con las personas de nuestro círculo más íntimo.
El descanso como nueva prioridad social
Por una parte, esta corriente parece una consecuencia de la hiperconexión y falta de descanso a los que nos enfrentamos cada día. Según datos recientes de una encuesta realizada en Estados Unidos, el 37 % de los trabajadores utilizó sus días de vacaciones pagadas para quedarse en casa y no hacer nada (cifra que asciende hasta el 43 % cuando se habla de millennials, la generación agotada). Aunque el fin último (y más lógico) de este nuevo comportamiento podría ser ganar calidad de vida –suele ser el objetivo entre la mayoría de las personas que lo practican, que priorizan la necesidad de no restarle horas al sueño en un club nocturno–, sigue sobrevolando el deseo de la productividad en algunos casos. Ya se sabe, irse a la cama pronto para seguir haciendo (que no viviendo) al día siguiente.
Es una de las conclusiones que comparte con esta cabecera el doctor David Luu, cirujano cardiaco y fundador del proyecto Longevitydocs. Vive en Nueva York y considera la ciudad norteamericana como el epicentro de esta transformación de hábitos sociales y de vida, sin descartar el hecho de que este cambio social tenga que ver también con el deseo de alcanzar el éxito.
“La ciudad está impulsada por la productividad, la ambición y el desempeño. La gente es cada vez más consciente del desfase en el horario social y del desajuste entre este y los ritmos biológicos. Trasnochar, alcohol y sueño irregular crean un coste fisiológico que se extiende mucho más allá de la noche sin sueño. En Nueva York, donde las personas construyen empresas, lideran equipos y gestionan conocimientos cognitivos constantes, salir hasta las tres de la mañana simplemente no optimiza el éxito”, explica el experto.

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