Lo femenino se entendía como un empleo desmesurado de estos detalles, un ideal que ha seguido calando hasta hace no tanto con fenómenos como la estética coquette. La cuestión es que en el s. XVIII este embellecimiento de las mujeres se convirtió en símbolo de la riqueza de sus familias. Y en ese arte de las apariencias, el retrato ejerció como el mejor escaparate: “Los pintores realzaban la imagen de sus modelos a través del esplendor de sus vestimentas y accesorios, con tejidos como el terciopelo, el satén o los bordados en oro y plata”, comenta Ooms. En este sentido, fueron especialmente populares aquellos artistas que mejor reflejaron los matices de cada textil. Esta experta cita a Antoine Vestier, que se formó como miniaturista y se enfocó en patrones muy detallados. O Adélaïde Labille-Guiard, que accedió pronto al universo del lujo gracias al célebre local À la toilette que regentaba su padre, el mercero Claude Edme Labille. Como hija de una peluquera y un artista de pasteles, Élisabeth Vigée Le Brun justificaba su atención por la moda en sus antecedentes familiares: “Además, se formó con un pintor de abanicos, lo que despertó en ella el gusto por los detalles refinados y la decoración ornamental”, matiza Ooms. El pintor Jean-Marc Nattier también ocupa un papel importante en esta sección de la muestra con sus obras sobre las mujeres de la realeza: por ejemplo, el retrato de Madame Infante, una de las hijas de Luis XV vestida con traje de caza, conversa con una esclavina con capucha bordada de 1760, préstamo del Museo de Artes Decorativas.

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