Sabíamos que Justin Bieber lo había apostado todo al minimalismo durante su puesta en escena en los premios Grammy 2026. El cantante se subió al escenario con unos boxers satinados que combinó con unos calcetines de su marca Skyrk y una guitarra. No le hizo falta nada más. Era él, Justin. Despojado de cualquier extra. No necesitó de músicos ni de bailarines ni de alharacas; por no necesitar, ni siquiera necesita de apellido (solo para endosárselo a su mujer). Por eso su nuevo “descuido” a la hora de vestir, para actuar en un festival como el de Coachella —por el que habría cobrado más de 10 millones de dólares—, tampoco resultó sorprendente. Pero una vez es una excentricidad; dos, un despropósito.
La suya podría englobarse dentro de una propuesta artística quizá asentada en la estética urban o en el minimalismo. Todo se puede justificar en la era del posmodernismo. Pero si hacemos una lectura más concienciuda, su decisión a la hora de salir a escena comporta más matices. Si las ideas de ellos siempre son las mismas y las de ellas ídem, no es casual. Y eso los fans lo han sabido ver. Además, el concierto de Justin Bieber contrastó de manera evidente con el de Sabrina Carpenter, que invirtió entre 1 y 2 millones de dólares de lo que habría ganado —5 millones, la mitad que su compañero de profesión— en la producción de su set. En su concierto, hubo cambios de estilismo, decorados de producción propios de Broadway, cameos como los de Susan Sarandon o Sam Elliott…
Sabrina dándolo todoKevin Mazur/Getty Images


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