Por el momento no hay mucha información sobre cómo será el nuevo disco y, obviamente, tanto la curiosidad como el temor a que el nuevo proyecto no esté a la altura de su predecesor son altos. También porque el primer Confessions fue una obra maestra sin parangón, en la que confluyeron varios factores afortunados. Tras un periodo personal y discográfico convulso (el anterior American Life, publicado en 2003, a pesar de ser una joya infravalorada tuvo una acogida desastrosa en su momento), Madonna decidió volver a jugar sus cartas más valientes, centrándose en la música disco dance y el electro pop en un momento en que las listas de éxitos estaban dominadas por el hip hop y el r’n’b.
Una apuesta poliédrica de música, moda y cultura
Lo hizo apelando a las grandes deidades del género, sampleando a Abba en el single de lanzamiento, Hung Up, pero incorporando una mezcla de música disco de los 70, pop electrónico de los 80 y música club de los 2000, multiplicando exponencialmente las referencias a Moroder, Bee Gees, Donna Summer, Pet Shop Boys, Depeche Mode, Daft Punk e incluso música tradicional de Oriente Medio. Todo ello mantenido sólida y coherentemente bajo las riendas de Stuart Price, un productor prodigioso al que Madonna eligió personalmente (y lanzó definitivamente a lo más alto de la discografía mundial). El resultado es un producto discográfico cincelado al milímetro, producido para ser disfrutado de principio a fin y transportar al oyente por diferentes estados emocionales de la euforia a la melancolía, de la liberación a la contención, con bailes salvajes frente a momentos contemplativos.
Madonna se movió como pez en el agua en este género, que fue a la vez nuevo para ella y la suma de todos sus trabajos anteriores. Y, sobre todo, hizo suyo todo el proyecto, uniéndolo no solo musical y emocionalmente, sino también estilísticamente. Todo el lanzamiento de Confessions on a Dance Floor fue una operación mundial, con el púrpura por bandera. Las bolas de espejos y los radiocasettes plateados se sublimaron en un universo callejero, la nostalgia setentera se renovó en un futurismo resplandeciente, e incluso los maillots de baile, las medias color carne, los tejidos reflectantes y los calentadores salieron de los locales de ensayo más polvorientos para encontrarse con las pasarelas y las tendencias de la moda. No podremos olvidar nunca las actuaciones promocionales (como la memorable de los MTV Europe Music Awards en Lisboa) y, menos aún, el Confessions Tour, una gira que batió récords y redefinió por completo el espectáculo en directo, dando lugar a la industria del entretenimiento en vivo tal y como la conocemos hoy en día.

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