Recuerdo que Diana vino a una de mis exposiciones en los años sesenta. Al salir, dijo: «Alex, qué maravillosos jerséis harían estos cuadros». En su mente, la exposición se convirtió en un nuevo concepto gráfico para hacer jerséis, quizá su mayor cumplido. El arte, la literatura, el ballet y la música eran sus pasiones, sus fuentes de inspiración, su motor. Tenía una intuición extraordinaria. Uno de sus secretos era una generosidad creativa que nacía de la motivación. Pensaba a lo grande. No había nada, como dicen los franceses, mesquine, en Diana Vreeland. Nada pequeño o mezquino. Si se entusiasmaba con una historia, había que darle dieciséis páginas, ¡treinta páginas! En aquella época, todo era posible, ya que Vogue publicaba dos números al mes. Podían realizarse aventuras más extravagantes. Antes de ella, Vogue se editaba siguiendo cierto concepto severo y socialmente estricto de lo que era llevar un vida “correcta”. Ella sacudió al puritanismo estadounidense. Lo de provocar el mayor impacto era algo que llevaba al extremo.
Esas dos estrellas de la moda moderna, Chanel y Diana Vreeland, eran perfectamente comparables, aunque no se apreciaban mucho. Ambas eran auténticas potencias, ambas consciente de que en la otra tenían a una gran rival. Diana, con su sentido del drama, el esplendor y la extravagancia, proyectaba incluso más que Chanel. Chanel era la couturière encerrada en su taller, inventando; Diana Vreeland, en cambio, ocupaba el escenario mundial de la moda. Siempre le encantó Rusia y la extravagancia del carácter ruso. En algún lugar de su corazón se identificaba con los Ballets Rusos. Tenía algo de Bakst, de Diaghilev: la abundancia de joyas, la exageración, el color ruso, la osadía, la opulencia, la fastuosidad. Pero, como Chanel, también era muy moderna. Era muy anglosajona y se sentía cómoda con todo lo inglés: los títulos, la sastrería precisa, el uniforme, el rigor monárquico de la vida inglesa, la corrección, la meticulosa escritura de notas. Sentía admiración por la pureza de sangre, ya fuera una belleza extraordinaria o un soberbio caballo de carreras.
Era una dictadora en muchos aspectos y podía ser severa. Sin embargo, con todas las dificultades e idiosincrasias de este excéntrico ser humano, uno se lo perdonaba todo. Yo sabía que ella aspiraba a traspasar límites, a lo extraordinario, a lo mejor de lo mejor para Vogue. La respetaba y admiraba por ese esfuerzo incesante por ir más allá de la excelencia. La quería y pasamos juntos una década maravillosa en Vogue. Fue una gran alegría en mi vida.

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