Cuando me quedé embarazada, mi ex y yo firmamos un pacto invisible: él trabajaría como hasta entonces, yo cuidaría de nuestro hijo y escribiría en casa. Mientras el bebé vive dentro de la madre, todo es posibilidad y potencia, hay cierta fantasía de que la vida no cambiará tanto, que podrás seguir siendo la misma, yendo a los mismos sitios, libre, sola. Pero cuando el bebé nace, la realidad se impone y destruye la fantasía y la posibilidad. No hay tiempo material ni manos ni noches lo suficientemente largas como para que una pueda escribir o soñar o siquiera dormir. Imagino que la cosa cambia cuando te acompaña alguien que se ocupa de la criatura y de ti, que está, pero si esa persona se ausenta todo el día, si trabaja fuera de casa, si cuando regresa sigue encerrado en su mundo, protegido, al fin, de la madre y su locura, del bebé y sus demandas, de la vida, la soledad puede llegar a comerte viva, ñam, de un bocado, toda entera. Y no es una soledad cualquiera, es una soledad oscura como la boca de un lobo, profunda e infinita.
Antes de irme del todo, antes de dejar a mi ex, me fui muchas veces a la casa de mis padres al pueblo, me exiliaba allí, voluntariamente, me sentaba en el corral en una hamaca de playa con mi hijo en la teta y un librillo en la otra mano, tomaba notas para una novela, mi madre se ocupaba de cocinarme puchero, lentejas, croquetas, respiraba, dormía varias horas seguidas por las noches. Y cuando me cansaba, porque una mujer de treinta y tantos años que es madre no puede pasar demasiado tiempo en la casa de sus padres sin sentirse niña, hija, hermana mayor de su propio hijo, volvía con mi ex a su casa. Su casa, es importante esto, siempre fue la casa de él, nunca la mía, nunca la nuestra. La casa era suya y el dinero era suyo y el hijo era nuestro, de los dos. Recuerdo un día que fui a ver a una asistenta social con mi niño dormido en el carrito y que le pregunté en voz muy bajita de qué podía vivir una mujer como yo, escritora, a medias, madre a tiempo completo, sin ser autónoma, sin tener casa ni dinero. Y como Laura, me di con un muro en la cara, un muro medieval de piedra. Cada vez que la decisión de dejar al padre de mi hijo cobraba fuerza dentro de mí, la realidad me bajaba a la tierra. Y el miedo, recuerdo el miedo que me daba que me quitaran a mi hijo, aunque yo fuera la que me ocupaba de él, ¿cómo iba a ser una buena madre, digna de que un juez me diera la custodia, si no podía mantenerlo? Sentía que, poco a poco, sin darme cuenta, enredada en la fantasía romántica de la familia feliz, del amor para toda la vida, yo que tan feminista era, que había escrito y leído tantísimo sobre mujeres atrapadas en el cuento de Barba Azul, había cavado un foso donde me quedaría a vivir eternamente.
Pasaron meses, años, exactamente, dos años y diez meses, hasta que pude salir de aquella casa, de aquella relación y de aquella vida. Tardé todo ese tiempo en recomponerme, en vivir el duelo por mi relación y por mi propia identidad, ya no era la misma que antes de ser madre y estaba bien, no hacía falta, ahora era mucho mejor. Estaba dispuesta a salir del foso agarrándome con uñas a la tierra, con mi hijo en mi espalda, por mí y por todas, estaba dispuesta a pedir ayuda. En el día a día, estaba sola. Nadie podía dar el pecho por mí ni llevarlo a la escuelita ni quererlo como yo, con todo el cuerpo, con todo el alma. Pero hubo gente, familia, amigas, que estuvieron en mis peores momentos, que supieron ofrecerme justo lo que necesitaba. Mi tía Mari, la hermana de mi madre, soltera y más buena que el pan, me prestó dinero para pagar el alquiler del minúsculo estudio al que me mudé con mi hijo porque nadie quiere alquilar nada a una madre sola sin nómina ni aval; mi hermano alquiló una furgoneta para llevar cajas de un sitio a otro; mi editora me encargó un libro, Escritoras. Una historia de amistad y creación, que escribí justo ahí, en ese minúsculo piso, con mi niño dormidito a mi lado, en plena guerra con mi ex; mi amiga María me dejó dinero para ir a terapia; mi terapeuta me ayudó a recuperar la mirada lúcida; otras muchas amigas me sostuvieron por teléfono, audios y mensajes de madrugada, lágrimas y más lágrimas de dolor y de rabia; y mi madre no se separó de mí, me cosió unas cortinitas preciosas para las ventanas, limpió a fondo las humedades del piso, sostuvo a mi hijo para que yo pudiera escribir y ganar mi propio dinero.

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