Todo ello conforma un cóctel embriagador, efervescente y a menudo estomagante. Desde el principio, los diálogos están intencionadamente exagerados, son ampulosos y rebuscados, y los frecuentes cortes a la película de terror que Madeleine está viendo –que se convierte en un mini Frankenstein, con el monstruo muerto y luego resucitado por dos científicos– son igualmente absorbentes. Es muy probable que el caos desanime a muchos espectadores, pero quien decida quedarse, y especialmente para todo aquel que disfrute del humor raro y retorcido, disfrutará de lo lindo.
Uno de los principales ganchos de la película es Stewart, que se pasa todo el metraje (una hora y 18 minutos, básicamente un episodio de televisión hoy en día) comiendo como una trituradora. Coge un trozo gigante de quiche y lo engulle, se zampa un filete, se come las tartas enteras y se mete mayonesa en la boca con las manos. Mientras, el estómago de Phil empieza a hincharse. El padre le dice que deje de comer, pero ella hace caso omiso.
Es un papel que Stewart devora con fruición, regodeándose en la niñería exagerada de Madeleine, eructando ruidosamente y lanzando mordaces desprecios a su padre con una sonrisa burlona. Es el contrapunto ideal a la desesperación frenética de Harrelson, que da paso a la frustración y finalmente a la desesperación, cuando Phil finalmente acepta la indiferencia de su hija.
También hay mucha comedia disparatada: en un momento dado, unos manifestantes enfurecidos prenden fuego al coche de la pareja, mientras su chófer francés se limita a encogerse de hombros y a decir que no habla inglés y Madeleine sigue tragando bollos. Otra escena en la habitación del hotel, con un Phil bracea torpemente frente a una Madeleine eufórica, me hizo desternillarme de risa.
En medio de la locura, se esconde una crítica al consumismo, a la despreocupación de la clase privilegiada y a la inconsciencia con que algunos estadounidenses, y turistas en general, tratan París como su patio de recreo privado. Pero, sobre todo, Dupieux se divierte.
El final es tan controvertido como la película que lo precede, pero es difícil reprocharle nada a esta película pequeña –por lo escueta y ligera, con un reparto reducido y solo un puñado de localizaciones– que consigue un impacto máximo. Cierto que a muchos les sobrará la película de terror dentro de la película y su falta total de sutilidad cae como un martillazo en la cabeza (el apellido de Phil es literalmente Doom, fatalidad y destrucción), pero yo, por mi parte, no quería que acabase nunca este caótico engendro entre Emily in Paris y The White Lotus, que garantiza un rato de diversión en el cine.

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