La longevidad ocupa el centro de las conversaciones. Hemos dejado de hablar de antienvejecimiento para hacerlo de vivir más años, eso sí, con energía, autonomía y claridad mental. De ahí que el concepto se haya escapado del ámbito científico para trasladarse también a la cultura, la belleza, la alimentación, el fitness y hasta la tecnología. El auge del biohacking, los suplementos, la salud metabólica o el entrenamiento de fuerza conviven con una avalancha de investigaciones acerca de lo que abarca el término.
Lo que sabemos hoy cuando hablamos de longevidad es que son muchos los factores que intervienen. El ejercicio físico, la alimentación, el descanso, las relaciones sociales o el manejo del estrés son algunos de los pilares más estudiados para cumplir años con salud. Sin embargo, a medida que avanza la ciencia, se incorporan nuevas variables que hasta hace poco apenas se tenían en cuenta, y una de las que más interés está despertando entre los expertos es la salud bucodental, vinculada a procesos inflamatorios, enfermedades sistémicas y, en consecuencia, a la manera en la que envejece el organismo.
La doctora Nadia Sarmini, directora de Clínica Dental Bernabéu, señala que hemos separado la boca del resto del cuerpo, cuando en realidad forma parte del mismo sistema biológico. “Hoy sabemos que una mala salud bucodental no solo afecta a los dientes o a las encías, sino que puede influir en procesos inflamatorios sistémicos relacionados con enfermedades cardiovasculares, diabetes, deterioro cognitivo e incluso envejecimiento prematuro”. La experta recalca que mantener una boca sana significa preservar nutrición, microbioma, capacidad masticatoria, descanso, autoestima y equilibrio inflamatorio. “La salud oral se ha convertido en un indicador muy potente de cómo está envejeciendo el organismo”.
La boca como un espejo de la edad biológica
Según explica la Dra. Sarmini, la boca muchas veces actúa como un sistema de alerta temprana. “Hay pacientes que presentan inflamación de las encías, sangrado, sequedad oral, movilidad dental o cambios en el aliento antes de desarrollar síntomas más evidentes a nivel sistémico”. Como ejemplo pone el bruxismo, que puede estar relacionado con estrés crónico o alteraciones del sueño; la xerostomía o sequedad oral, que aparece en trastornos autoinmunes, hormonales o metabólicos.
Aunque pone especial atención en la enfermedad periodontal, ya que va más allá de tener las encías sensibles, se trata de una infección inflamatoria crónica que mantiene al sistema inmunológico constantemente activado. “Cuando las encías sangran, existe una puerta de entrada para bacterias al torrente sanguíneo. Esa inflamación sostenida puede favorecer la arterioesclerosis y aumentar el riesgo cardiovascular. En pacientes diabéticos, además, la relación es bidireccional: la diabetes empeora la salud periodontal y la periodontitis dificulta el control glucémico”. También apunta a que cada vez existe más evidencia científica sobre la relación entre inflamación oral y deterioro cognitivo. “Determinadas bacterias periodontales se han encontrado incluso asociadas a procesos neuroinflamatorios. La boca no es un compartimento aislado; es la puerta de entrada a nuestro organismo”.

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