03/06/2026

Juan Evaristo Valls Boix, filósofo: “Yo quiero una casa, no viajar ni visitar mil países; quiero estar tranquilo en mi barrio, me importa un bledo ser alguien”

¿La angustia es la misma en ambos casos?

Lo interesante es que se puede hacer una historia social a través de los malestares dominantes de las distintas fases del capitalismo. Mark Fisher decía a propósito de nuestro tiempo que, aunque hoy en día nadie se aburra, todo es aburrido. Porque si yo llego dos minutos tarde a la reunión, tú te tragas veinte reels y el tiempo pasa volando. Lo que llamamos aburrimiento se parece más al tedio hedónico; es una especie de hartazgo: tragar y tragar contenido inane y redundante. A mí me a veces me pasa que estoy muy aburrido y digo, voy a meterme en Instagram, y después me doy cuenta de que ya estoy en Instagram. Voy a sacar mi móvil del bolsillo de la chaqueta con la mano derecha, pero me doy cuenta de que ya tengo el móvil con Instagram echando humo en la mano izquierda.

Dices que es necesario encontrar nuevas resistencias.

Yo entiendo que las protestas contemporáneas y los imaginarios de vida buena de hoy en día, a diferencia de aquellos otros, se articulan en torno a la imposición de un límite al capitalismo. Hoy decimos “¡Basta ya!”, se trata de parar en algún momento, de algún modo. Porque ahora todo el mundo es Mr. Somebody, pero no tiene ni una cama donde caerse. Mira los seguidores de Llados, a quienes tanto nos parecemos: se hacen influencers, van corriendo por la calle desnudos gritando “¡Soy un ganador!”, pero duermen en la calle. Están obligados a lo máximo y privados de lo mínimo, y así participan en el ritual social. Así las cosas, yo creo que la gramática de la revuelta hoy resignifica de una forma muy provechosa el pensamiento del límite, de la horizontalidad y del no hacer nada, como una forma de pensar desde el cuerpo, una forma de pensar situada, y de reclamar unas condiciones mínimas de vida digna para todos.

Donde nos exigen ser únicas y singulares, ahí vamos nosotras a reivindicar que somos unas básicas y unas petardas y unas charcas, y por eso queremos que nuestra charca huela bien y su agua sea potable. Se trata de alejarnos de esas exigencias de superación constante, de estar plenamente disponible, tanto para el consumo, como para el trabajo. Porque en el modo en que se articula el trabajo hoy en día, parece que la pasión y el entusiasmo son suficientes para la vida buena, sin importar las garantías sociales o las condiciones materiales. “No te quejes, trabajas de lo que te gusta”; “no te quejes, al menos trabajas de lo tuyo”. Desde la pandemia nos damos cuenta de que todos esos mantras son mentira; ya no soñamos con trabajar, preferimos estar tranquilas.

¿La sensación de alienación es más fuerte hoy que hace cinco años?

Al escribir este cuaderno, para mí fue indispensable escuchar y comprender que la gente ya no se cree –ya no nos creemos– el cuento del emprendedor que nos habían contado. Hay un deseo nuevo de afirmar la vida más allá del trabajo y la autorrealización, y esto puede dar lugar a un proyecto político de vida buena distinto al neoliberal. Por eso quise dedicarle una reflexión filosófica al JOMO, que es un meme de mierda, que no le importa a nadie, pero bien mirado puede simbolizar el índice de un cambio de sensibilidad, una reorientación del deseo para habitar el presente con holgura.

Este cambio de sensibilidad se expresa muy bien en la reacción ciudadana a la crisis de la vivienda y la especulación inmobiliaria. En las proclamas por el derecho a techo se hace efectiva esa gramática del límite que señalaba antes: yo quiero una casa, no viajar ni visitar mil países; yo quiero estar tranquila en mi barrio, me importa un bledo ser alguien. Yo soy una básica, quiero tener un sitio donde ir a cagar y a dormir, y darme un abrazo con quien yo quiera, comer y cocinar tranquilamente, punto. Estar en casa, poder estar tranquilo, no estar agobiado con deudas, poder dar un paseo con tus amigas en el barrio sin que haya guiris y mil sitios nuevos de matcha o de cinnamon rolls.

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