Narrando Irán, Satrapi abrió los ojos de sus lectores a sus propias coordenadas. Es el poder del relato local de trascender en universal. También despertó el interés y una curiosidad inagotable por conocer el mundo. Probablemente Persépolis fue el primer título fuera del canon occidental de muchos jóvenes lectores, y también, gracias a él, el primero de muchos. Su historia no hubiera tenido esa capacidad arrolladora sin esa mirada sensible arrojada fuera de sí, que se resistía a aislarse de su entorno y que activa algo en quien la lee.
En el discurso que dio al recibir el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2024, Satrapi trató de dar forma a una definición de humanidad que le pareciese aceptable. “La sociedad existe porque los humanos, al contrario de un animal que muere tras romperse una pata, cuidamos de nuestros semejantes. Los llevamos a hombros y los ponemos a salvo”, elaboró, en un discurso en el que defendía la empatía como primer rasgo de humanidad, e incidía en la necesidad de eneseñar a las nuevas generaciones “ética, civismo y, sobre todo, compasión y bondad”.
La recordamos fuerte, indómita, pero esa fortaleza emanaba de un lugar que mantenía la puerta abierta al mundo. Sabemos que nunca dejó de emocionarse y encolerizarse por las injusticias, la desigualdad; nunca abandonó del todo los paisajes de su infancia y a su gente. Como a Mahsa Amini, la joven iraní que murió a consecuencia de la brutal represión de la policía moral en 2022, y las protagonistas de las protestas civiles que le siguieron y que inspiraron el libro colectivo Mujer Vida Libertad en 2024. Pero también verbalizaba su rechazo a Donald Trump, a cierta tibieza que encontraba en el feminismo blanco y a la manera en la que los estados occidentales ponían en juego de manera creciente sus valores democráticos. “Esta idea de las civilizaciones occidentales de que la democracia estará ahí para siempre no es así”, contaba a Vogue España en esa entrevista de 2021. “La democracia es una ecuación frágil, y si no la cuidas puede colapsar”.
En aquella entrevista insistía en relacionar la democracia con la capacidad de dialogar con quien dista de tu manera de entender las cosas, culpaba al efecto cámara de eco de las redes sociales de debilitar esa voluntad de entendimiento. Una vez más, manifestaba el temor hacia un mundo de relaciones más asépticas, de individuos encapsulados que se evitan unos a otros. Uno en el que fallase la empatía y dejase de dolernos la herida del semejante. Si ese es el paisaje del que se despidió la autora, si es esa la realidad que vivimos hoy, ojalá sirva la inmortalidad de Marjane Satrapi y de su obra, decretada en el instante mismo que abandonó este mundo, como una llama prendida por la empatía, la vulnerabilidad elegida ante los demás, y ese estoicismo por el que se la recordará siempre. En aquella grabación de finales de 2020, Satrapi dice: “Me gustaría que no siguiera existiendo necesidad de leer mis libros. Me habría gustado vender menos, ser traducida a menos lenguas si eso significa que el mundo es un lugar mejor. Pero todavía hay necesidad de ellos por todo lo que está aún sucediendo”.

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