La primera semana del experimento fue rara. Mi cuerpo se sintió ligeramente ofendido: me dolía ligeramente la cabeza, la irritabilidad flotaba en el aire y tenía la sensación de que ese invitado al que esperaba no acababa de llegar. Al quinto día, mi organismo empezó a reaccionar. Una tarde me pasé veinte minutos abriendo y cerrando armarios en la cocina, buscando la productividad en las cajas de cereales. Me sentía como el Gregor Samsa de La metamorfosis, despierto en mi arquitectura familiar vital, pero incapaz, de repente, de moverme por ella como antes.
La doctora Shruti Shah, psicóloga y fundadora de Holistic Mind Therapy, afirma que lo que echamos de menos al dejar el azúcar es más el ritual que en el sabor. «Lo que se echa en falta es la recompensa predecible y la función emocional que desempeña el azúcar». No echaba de menos el chocolate: echaba de menos el momento.
Cuando pasé la marca de los sesenta días, la pantomima del autosoborno se desvaneció, dejando paso a una visión más nítida de mi sistema nervioso. Dejar el azúcar no me ha convertido en un santo, pero gracias a ello veo las cosas más claras. Lo que yo consideraba deseo de superación era en realidad una necesidad que la glucosa aliviaba brevemente. Cuando estudiaba Psicología estudié a fondo los circuitos de recompensa. Descubrir que mi propia motivación dependía de la confitería fue humillante.
Cuando me quité las muletas vi por fin la fractura. Para sobrevivir a la zona muerta del trabajo administrativo he tenido que aprender a arrancar con mis tareas mediante vías más lentas y menos obvias: poner música antes de escribir un correo electrónico difícil, usar temporizadores para potenciar mi concentración y «contar con un doble» (es decir, con la presencia de otra persona junto a mí mientras trabajaba). «En lugar de preguntarnos cómo dejar el azúcar, la pregunta debería ser qué es lo que nos ayuda a regularlo», afirma la doctora Shah.
Lo más revelador de esos 90 días fue el contacto social. En los cumpleaños y las reuniones familiares, la presión que recibía por «probar solo un bocado» era implacable. En una sociedad en la que las celebraciones suelen acompañarse de comidas y dulces, mi negativa se veía como una negativa a complacer a los demás. «La vida hay que disfrutarla», me decían, sin ser conscientes de que me estaban pidiendo que derribara los frágiles andamios que acababa de construir en aras de una costumbre social.

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