24/06/2026

Qué es el ‘tasteslop’ o cómo el algoritmo nos está robando poco a poco el criterio estético

El problema no es entonces tanto la existencia del algoritmo como lo que promueve cuando actúa. ¿Qué ocurre con ese capital cultural cuando Instagram lo pone al alcance de cualquiera, vaciado de su contexto original? Bárbara Arena lo describe como una fantasía estructural un poco deshonesta: “Hay una fijación con performar códigos ajenos supuestamente exclusivos que, sospecho, oculta una disconformidad que no se quiere afrontar en clave política. Frente a la insatisfacción con las coordenadas socioeconómicas propias, se genera una fantasía escapista que acabará materializándose a golpe de puro manifestar. Nadie refleja lo que es, sino lo que aspira a ser, y lo que se aspira a ser es una copia de una copia de lo deseable en origen”.

Rot lo ilustra con una imagen que apunta en la misma dirección: “Estoy pasando unos días en Dublín y veo que muchas chicas universitarias, procedentes de familias trabajadoras, visten como si sus padres tuvieran una casa en Beverly Hills, jugaran al tenis y tuvieran un hándicap”. El objeto como símbolo de estatus ha sido desplazado: primero se entiende, después se estetiza, se democratiza, se abarata, y finalmente es asumido vaciado de gran parte de su contenido original.

“Los símbolos culturales”, explica Rot, “cuando circulan masivamente dejan de pertenecer exclusivamente al grupo que los produjo y adquieren nuevos significados en cada contexto, en este sentido, es más plausible que alguien, a fuerza de desear parecer inteligente, termine desarrollando hábitos que lo vuelvan más inteligente, que pensar que alguien, a fuerza de parecer rico, acabará siendo rico”, concluye. Ahí reside, según ella, una de las trampas del consumo, el de ofrecer los signos externos del éxito como sustitutos de las condiciones materiales que lo hacen posible.

Cabe preguntarse entonces si existe una manera de habitar el mundo y las redes sociales que escape a la lógica actual. Rot responde con lucidez: “Es bastante ingenuo pensar que, por muchos reels que veas sobre Deleuze o cuentas de análisis musical que consumas en Instagram, la lógica dominante no acabe imponiéndose”. Lo que hay que disputar, sostiene, no es solo la cantidad de ideología que se cuela en el campo de visión, sino las formas mismas en que esta misma se organiza y se presenta como deseo. “Ojalá todos los creadores de contenido literario e intelectual en internet den también el salto al libro, a la clase, al colegio y a la universidad, porque seguimos necesitando esas voces en todos esos formatos”. Quizá la solución, después de todo, sea la del termino medio: seguir mirando, pero con la pregunta siempre activa, sabiendo que los algoritmos tienen dueños e intereses. El primer paso para construir el gusto propio es concedernos la libertad de buscarlo sin tener que encajar en lo que se considera “correcto”.

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