«Fun fact» sobre ‘Confessions on a Dancefloor‘: nunca contuvo tantas «confesiones». Había en aquel álbum de Madonna alguna reflexión sobre el peso de la fama y su carrera como artista, pero ni ‘Hung up’ ni «me encanta Nueva York» eran grandes revelaciones en su relato. En general, era simplemente un disco para bailar que la gente agradeció y ha celebrado durante 20 años.
Madonna se resarce de aquel pequeño «bug» que nadie detectó, en una secuela en la que «confiesa» casi todo. Odia las redes sociales porque, paradójicamente, van a acabar con el amor al prójimo. La muerte de su hermano la ha dejado destrozada. La relación con su hija no era tan buena como creíamos. Jamás se ha olvidado de Sean Penn. Ni de un amante que tuvo, tan guapo como Marlon Brando… Ahora podemos hablar de «confesiones», ahora sí que estamos jugando a «truth or dare».
Madonna ha planteado ‘Confessions II’ como un homenaje a la pista de baile. Como ya declaró en los tiempos de ‘Confessions I’, quiere deshacer la idea de que la música dance es superficial. La densa ‘I Feel So Free’ es la intro perfecta para esta era. Recuerda a ‘Future Lovers’ porque también se basa en el gran clásico de Giorgio Moroder, solo que cambiando el mítico «siento amor» por «me siento libre». Lil Louis no solo ha prestado una porción de ‘French Kiss’ sino consentido hacer de «señoro», preguntando «¿qué tal va la noche?». «No seas aguafiestas», responde Madonna, libre en su pista particular, arropada por la masa («safety in numbers»), pero bailando sola. Y ese «Don’t be a vibe kill» será solo el primero de muchos momentos icónicos de este gran álbum.
‘Love Sensation’ remite a ‘Get Together’, pero ahí y en el concepto de «transiciones non stop» se acaban las comparaciones con el primer «Confessions». Este nuevo disco se entrega más a los 90 que a los 70 o los 80, a través del techno en sus diferentes texturas (‘Good for the Soul’, ‘One Step Away’), el trance (‘Everything’) o el piano house (‘Love Without Words’), estas dos últimas salpicadas locamente de guiños a otros subgéneros. Además, Madonna no podía conformarse con un ejercicio de mera nostalgia, pues eso habría sido una decepción en su caso. La artista de la reinvención constante incorpora píldoras del siglo XXI en forma de EDM (‘Bizarre’ con Martin Garrix, la de referencias evidentes a Sean Penn), funk carioca (‘Read My Lips’ con Feid y producida por el siempre eficiente Tainy, aquí en modo Basement Jaxx) o el drum&bass al modo actual (‘The Test’, con una Arca que debería haber producido todo el disco).
Por tanto, no estamos exactamente ante ‘Confessions II’. A veces incluso estamos más bien ante ‘Erotica II’ (el tema con Stromae, ‘My Sins Are My Saviours’), ‘Ray of Light II’ (el emocionado tema para su hermano fallecido,’Fragile’) o incluso ‘Madame X II’ (‘Betrayal’ resucita a Mirwais con interpolación de Erik Satie). O ni siquiera: es muy importante el añadido de ‘Danceteria’, que es la clarísima canción señera de esta era, y no suena a nada que haya hecho antes. ‘Bring Your Love‘ es «cutie» y sus virguerías vocales son una fantasía («I always pay the «pruaice», «Don’t-wind-me-up-like-a-toy»), pero Sabrina Carpenter parece solo un puente hacia las nuevas generaciones, más que la base de este lanzamiento.
‘Danceteria’, que recuerda la mítica discoteca de Nueva York donde pincharon a Madonna por primera vez, cuenta aquella historia con citas a Mark Kamins, Debi Mazar, Keith Haring, Jean-Michel Basquiat, Martin Burgoyne, y músicos como B-52’s o David Byrne. «Todo el mundo aquí es una obra de arte», proclama orgullosa. Además de un hilarante «hide the cocaine» (otro momento icónico), incorpora un tarareo delicioso en recuerdo a Lou Reed. La explosión final es un homenaje a ‘Music’, pero Madonna nunca había sonado tan funk ni tan funky, apenas así de sucia en ‘Candy Perfume Girl’. La guitarra aportada por Andrew Watt, que viene de trabajar en un disco tan oscuro como ‘Mayhem‘, ha sacado al co-productor Stuart Price de su zona de confort.
No en vano tanto Andrew Watt como su compañero Cirkut vuelven a aparecer en otra pieza fundamental y deliberadamente underground del disco. Madonna se muestra más tierna que nunca en ‘L.E.S. Girl’, recordando a un viejo amante, tan solo acompañada de una guitarra, un teclado de banda lo-fi tipo Eels o Magnetic Fields, y una tontísima caja de ritmos.
Es la guinda de una última parte de disco totalmente emotiva. Sabíamos que íbamos a llorar con la historia de la muerte de su hermano y ex director artístico Christopher Ciccone («estábamos tan perdidos, cuando soñábamos, de niños»). Pero no estábamos preparados para el diálogo madre/hija con Lourdes Leon en la imprescindible ‘The Test’. Madonna le pide perdón por haberla puesto en «un pedestal» y en el foco, por no haberle podido dar una vida normal. Lourdes le responde que no ha podido dar un paso sin su aprobación, pero que aun así «ella es todo lo que necesita». No es el primer dúo de este tipo que se produce, Nancy Sinatra cantó con su padre y Cher con su madre. Pero esta puede ser la primera vez que un tema así resuelve años de terapia familiar.
El amor es una pieza fundamental en un álbum que hasta en tres títulos insiste en este sustantivo abstracto, que se nos está escapando sin que nos demos cuenta, cuando se supone que estábamos más conectados que nunca con el exterior. Las letras de ‘Good for the Soul’, ‘One Step Away’ y ‘Everything’ subrayan que era mentira, representando una llamada de atención a la libertad, a la reconexión entre nosotros, a la celebración en la pista de baile. Un mensaje coherente con toda su carrera -con sus últimos años también-, mejor desplegado que nunca, gracias a que Madonna vuelve a tener sello (Universal solo distribuía, pero Warner claramente dirige), y a una espléndida línea artística desarrollada por Special Offer (‘BRAT’, ‘LUX’) que se estudiará durante muchos años.

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