Tomando como referencia los motivos florales de sus zapatos de novia de Prada, la diseñadora incorporó unas aplicaciones de tafetán en forma de flores a la altura de la cintura. Esos mismos pétalos se reprodujeron también en el tocado que Johara llevó en el pelo. «En cuanto a las joyas, buscaba algo sencillo y elegante, así que elegí unos pendientes de perlas colgantes que completaban el conjunto sin restar protagonismo a los detalles del vestido.» El estilismo se completó con una piel luminosa y un clásico labial rojo.
Claire reconoce que, cuando comenzó a trabajar con Emma Beaumont, no tenía tan claro cómo quería que fuera su vestido. «Mi estilo suele ser bastante andrógino y muy sencillo, así que diseñarlo me resultó más complicado», confiesa. Lo primero que decidió fue apostar por una silueta de cuello alto y espalda descubierta. «Sabía que quería llevar algo depurado, minimalista y elegante, así que elegimos seda, un tejido que transmitía un lujo muy discreto.» La diseñadora añadió además dos largas tiras de tela que caían por la espalda y se anudaban, aportando dramatismo al conjunto sin perder su sobriedad. «Me preocupaba que mi vestido resultara demasiado discreto al lado del de Johara, pero al final los dos reflejaban perfectamente nuestras personalidades: se complementaban sin competir entre sí».
Unos días antes de la ceremonia, las dos viajaron a Nueva York para ocuparse de los últimos preparativos, entre ellos tramitar la licencia matrimonial y realizar la prueba de maquillaje. La víspera de la boda decidieron relajarse viendo un partido de los Knicks desde el hotel. «Fue muy divertido y nos hizo sentir parte de toda la energía que estaba viviendo Nueva York en esos días», recuerda Claire.
Tras convertirse oficialmente en esposas, regresaron al Hotel Chelsea agotadas y con un hambre tremenda después de un día tan intenso. No se les ocurrió mejor manera de relajarse que compartir una ración de patatas fritas y una copa de champán para cada una en el Café Chelsea. «A los neoyorquinos les hizo muchísima gracia vernos; nos felicitaban constantemente y hasta nos hacían fotos mientras nos comíamos las patatas», recuerda Claire.
La celebración continuó con una cena en Teruko y un concierto de jazz en Birds, en el West Village. «Después volvimos caminando al hotel, por el camino compramos una porción de pizza y terminamos la noche comiendo otro trozo de nuestra tarta de boda en la cama», cuenta Johara.
Al recordar aquel día, Claire no puede evitar emocionarse: «Me hace inmensamente feliz haber podido casarme con mi mejor amiga en una de las ciudades más increíbles del mundo. Fue algo verdaderamente mágico y, sin duda, el día más feliz de mi vida. Solo desearía que hubiera durado un poco más y poder volver a vivirlo una y otra vez».
Johara comparte el mismo sentimiento: «Me alegro muchísimo de haber celebrado nuestra boda en Nueva York. A partir de ahora siempre será un lugar muy especial para nosotras».
Este artículo se publicó originalmente en Vogue.com
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