La clave: el tiempo (y cortar capa por capa)
Antes de mi cita inmortalicé el largo de mi melena y el estado de las puntas. Sí, por mucho que las hidrate y use bálsamos reparadores, llevar más de seis meses sin cortar pasa factura. También pregunté a Baras por algún que otro detalle previo para asegurarme que nadie notaría el corte, como mucho una melena más saneada, casi por arte de magia. “Es una técnica que hacemos todos los peluqueros del mundo de forma muy intuitiva. Cada peluquero tiene su método, y varía también en función de cada tipo de cabello. Se puede hacer en seco y repasar en mojado, pero lo más importante para mí es cortar sólo unos milímetros, pero capa por capa para conseguir sanear”.
Ante de cortar.
Después de haber cortado.
Su explicación me convenció. Y spoiler: el corte no defraudó (a las pruebas en forma de selfies que ilustran este artículo me remito). Eso sí, nada más llegar a Cheska María fue clara: “Tienes las puntas muy estropeadas. Pero esto es cuestión de negociar juntas porque quiero que salgas contenta”, me adelanta antes de que entremos en una conversación en la que recordamos todas esas veces en mi vida que he pedido un corte de puntas y no era lo que esperaba porque he salido con una melena cuatro dedos más corta. “En tu caso es cierto que lo ideal sería cortar más, pero podemos cortar solo esos pelitos muertos que te afean la punta e intentar repetir en unas semanas para sanear más y que tú no notes tanto el cambio”, avanza. Yo me comprometo a ese acuerdo. Ella empieza a cortar en seco (mi cabello es liso y prefiere hacerlo así, pero me insiste en que el modus operandi varía en función de cada textura de pelo) y se toma todo el tiempo del mundo. He visto cortar a Baras en más de una ocasión y le dedica mucho tiempo al corte, tanto a un gran cambio de look como a un sencillo corte de puntas. Corta capa por capa, poco a poco, convirtiendo el proceso en un trabajo minucioso y milimétrico que asegura luego que el corte sea muy fácil de peinar en casa. Y en el caso de esta higiene de puntas el ritual es el mismo: coge un mechón, corta con cuidado extremo, coge otro, te pide que te pongas de pie, que no cruces las piernas al sentarte, corta de forma casi invisible una vez más, mueve la melena hacia el otro lado… El proceso es largo (cuando termina casi tienes el pelo seco), pero merece la pena.
Tras un buen rato cortando, apenas hay pelo en el suelo (signo de que no ha cortado de más) pero las puntas están mucho más engrosadas. Después del lavado, ya en mojado, vuelve a retocar. Y el resultado es justo el que deseaba: unas puntas más saneadas –prometo volver pronto para conseguir mejores resultados, todavía necesito higienizarlas más y la clave es cortar a menudo– y la sensación de que nadie va a notar que he ido a la peluquería. De hecho, mis hijas, siempre observadoras y sin pelos en la lengua, no notan nada cuando llego a casa. Tan solo pronuncian el que, diría, que es el mejor piropo beauty del mundo: “Mamá, qué bonito tienes hoy el pelo”. Pues ya estaría.



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