Visitar Ibiza no tiene por qué ser sinónimo de fiesta y masificación. Todavía quedan rincones de la isla por explorar, y su zona norte es el mejor ejemplo de ello. Precisamente eso es lo que propone el resort Cala San Miguel, promover, desde el turismo responsable y la búsqueda de la desconexión y el bienestar, su lado menos conocido. Hasta allí nos fuimos dos editoras de Vogue dispuestas a hacer exactamente eso: bajarnos del mundo durante un fin de semana. Y, aunque ambas habíamos estado en la isla en múltiples ocasiones (principalmente por trabajo), nos sorprendió descubrir esta cara B; su naturaleza más boscosa y su ambiente más relajado nos resultaron perfectos para una escapada en la que prima el descanso por encima del bullicio.
Cortesía de Cala San Miguel
En un entorno prácticamente aislado –exceptuando unas pocas edificaciones cercanas– y situado en un emplazamiento de puro lujo, justo delante de una cala bastante escondida, se trata de un hotel pensado para entrar y no salir (porque no querrás). Con múltiples piscinas, restaurantes y un acceso directo al mar, no se podría pedir más para desconectar –nótese que repetiremos este verbo en múltiples ocasiones a lo largo de este artículo– por completo. Más allá de las amenities, las actividades y los cócteles (que no falten), una de las cosas que más disfrutamos de nuestra estancia fueron las impresionantes vistas, tanto desde las terrazas de las habitaciones como desde su restaurante superior. Ese atardecer no está pagado.


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