La diseñadora Savannah Miller, hermana de Sienna Miller, analiza en primera persona los retos y ventajas de vivir un embarazo a los 47 años
Mi vida ha dado muchas vueltas en todos estos años: trabajar para Alexander McQueen a principios del milenio; presentar con mi hermana, Sienna Miller, nuestra firma Twenty8Twelve en la semana de la moda de Londres; lucir mi propia firma nupcial en la Met Gala… Y, sin embargo, quedarme embarazada con 47 años ha sido, con diferencia, el giro más inesperado. Sé que cuento con la gran ventaja de ser ya madre de tres hijos –Moses, de 21 años; Lyra, de 18; y Bali, de 14– pero, aun así, este último año ha sido de aprendizaje. La experiencia de gestar entrados los 40 es radicalmente distinta, de lo más superficial a lo más profundo.
Salgo de cuentas a finales de agosto, pero llevo sintiendo que estoy de nueve meses desde la primavera. Esta vez, la barriga me ha crecido mucho más y mucho antes. En cuanto a la ropa, apenas tuve que hacer concesiones en mis otros embarazos y la musculatura abdominal me disimuló la barriga hasta los seis meses. Ahora no me separo de los vaqueros premamá con cinturilla elástica, perfectos para echarme mis innegociables dos siestas diarias. Hasta Sienna tuvo que rendirse a los tejidos elásticos en su tercer embarazo de este año. Como nos espetó mi sobrina Marlowe, superestilosa a sus 14 años: “Chicas, no puedo con esta ropa que lleváis”. No le falta razón. En serio que yo estaba segura de que eso de contar trimestres y decorar habitaciones infantiles ya era agua pasada desde hace más de una década y, durante mucho tiempo, no tuve claro que quisiera empezar todo de nuevo, más aún con la niebla mental, las crisis de identidad y demás gajes de la perimenopausia. ¿De verdad iba a poder lidiar otra vez con el cansancio de los primeros meses? ¿Con todo el rollo de enseñarle a ir al baño? ¿Con los virus de guardería? (ay, señor, los virus).
Me pasé diez años seguidos, de los veintitantos a los treinta y tantos, o bien embarazada o bien dando el pecho, una etapa preciosa, mirándola ahora, pero también agotadora. Conocí muy joven a mi primer marido, cuando estudiaba en Central Saint Martins, y me enteré de que esperaba a mi hijo Moses el mismo día de mi graduación, en 2004. Por suerte, con 26 años se tiene la energía suficiente como para aguantar las náuseas y el cansancio a la vez que daba forma a Twenty8Twelve en la mesa de la cocina y llenaba mis moodboards con todo tipo de inspiraciones, desde el Londres de Dickens a la ropa que vestían los personajes de En el camino de Jack Kerouac. Pude disfrutar plenamente de Moses unos 18 meses antes de que la cosa se acelerará. Cuando la firma despegó, Lyra venía en camino –yo tenía 28 años– y sentía que viajaba (entusiasmada, eso sí) en un tren sin frenos.
Era la época del #girlboss y, cuando Lyra llegó al mundo, cumplí mis seis semanas de baja maternal, me la envolví pegada al pecho y a trabajar. Hoy lo recuerdo con cierto pesar, porque siento que no aproveché como debía esos primeros días tan sagrados, y que darle las tomas nocturnas mientras le enviaba correos a Sienna no fue la mejor manera de vivir esos momentos. Pero era joven y ambiciosa. Me encantaba mi trabajo y aún no había adquirido la perspectiva ni la madurez necesarias para valorar qué es lo que más importa. Con el embarazo de Bali, a los 32, las cosas habían cambiado un poco. Sienna empezó a despuntar como actriz y el jaleo en casa, con tres niños de menos de 6 años –y uno que casi no dormía– se volvió muy difícil de manejar. Le quitó toda la gracia al asunto. Decidí parar y marcharme un año a Panamá, una solución radical que, sin embargo, reveló en mí unos niveles de resiliencia que no conocía.

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