El objetivo de la pareja siempre fue el de idear un refugio familiar al que poder escapar en cualquier estación, y cuyo interior comulgase con sus preferencias estéticas. Por ello incorporaronobjetos y marcas afines a su estilo, como las piezas de Frama y Ferm Living, las cerámicas de Eguzkine, los textiles de Aiayu, las lámparas de Muuto y Santa & Cole y, también, muebles hechos con sus propias manos. Pero, por encima de todo, querían construir una vivienda sostenible que venerase el lugar al que pertenece. “No estamos conectados al agua ni a la electricidad; tenemos todo un sistema de paneles solares y de recogida de agua de la lluvia. Esta casa ha implicado un proceso de aprendizaje: volver a lo básico te hace ser consciente de los recursos que tenemos y lo importantes que son”, confiesa la propietaria. Una decisión movida, en gran parte, por el deseo de educar a su hija en el respeto hacia la naturaleza. “Que ella pueda crecer tomando conciencia de los medios existentes, que son limitados, también es algo que nos gusta mucho, y que comulga con nuestra forma de educar a Oli. Y todos hemos aprendido con aciertos y errores en estos años”.

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