12/07/2026

Alessandro Michele habla de su nueva visión para Valentino: «Me gusta el polvo que rodea a la marca. El polvo es precioso»

Uno de los pasatiempos favoritos de Alessandro Michele en su infancia –Roma, años 70– era hurgar en el armario de su madre y acariciar el tafetán crujiente, las parpadeantes lentejuelas y demás adornos de otros tiempos. Ella trabajaba como asistente de un ejecutivo en una productora de cine, profesión que le exigía una presencia glamurosa. Uno de sus vestidos, en particular, hacía volar la imaginación del pequeño. Confeccionado en crêpe de chine a la manera de Valentino, presentaba un diseño de falda larga y cuello alto, con una caída que a Michele le recordaba a una vela. Por delante, era totalmente negro, color que para su madre era garantía de elegancia. Por detrás, sin embargo, llevaba bordada una enorme mariposa rosa y lila, un gesto distinguido pero rompedor que evocaba metamorfosis y belleza efímera. Al parecer, le contó a su hijo, se lo había comprado para un estreno, en un tono que, según recuerda él, “parecía decirme: ‘Lo llevé en un mundo que ya no existe’”.

Cuadro décadas después de aquellas incursiones en armarios ajenos, Michele tiene en sus manos desde hace unos meses otro tesoro sartorial: el archivo de la casa Valentino, que lo fichó como director creativo en la primavera de 2024. En su primer día en las oficinas de la firma, ubicadas en un palazzo tardorrenacentista en la Piazza Mignanelli de Roma, el diseñador se zambulló en el extraordinario almacén de prendas, zapatos y demás objetos, todos ellos construidos con una exquisita ligereza que se opone a un rigor casi arquitectónico. En su antiguo puesto al mando de Gucci, que ocupó durante casi ocho años, hasta 2022, Michele se consolidó como un curador consumado, revolucionando la marca con su pasión de urraca por lo antiguo y lo bohemio. Vistió a sus fieles con excéntricos looks que parecían sacados del mercadillo comunitario de una iglesia de Inglaterra o descartes de un vestidor de la nobleza italiana. Poder perderse en el archivo de Valentino, así como acceder a los avezados técnicos que dieron vida con su saber hacer al extraordinario contenido del mismo, le ha brindado a Michele una oportunidad sin precedentes: alimentar su propia imaginación manipulando, ponderando y reconceptualizando el legado material de su renombrado predecesor.

Bien entrada la tarde de un sábado de septiembre, a poco de cumplirse seis meses de aquel primer contacto con la cueva del tesoro de la firma, Michele se encuentra en París, en las oficinas de Valentino en la Place Vendôme, dando los últimos retoques al que va a ser su primer desfile de pasarela para la marca, presentado la tarde siguiente. Aún quedan por zanjar algunas decisiones sobre los accesorios y el calzado, así como ciertos ajustes de última hora en bajos y escotes. Él ocupa una silla en un extremo del que fuera en su día un gran salón de recepciones, con sus techos altos y sus molduras de pan de oro. Hay dispuestas largas mesas llenas de complementos: turbantes, gafas y bolsos, incluida una selección de clutches que parecen gatos de porcelana. Junto a él se sientan miembros de su equipo. Su pareja, Giovanni Attili, observa en segundo plano. Al final de la sala, enfrentado a un enorme espejo enmarcado, hay otro espejo todavía más grande. De este modo, cada vez que se le acerca una modelo, el diseñador puede ver el conjunto por delante y por detrás a un tiempo para así evaluar su nivel de coherencia y subversión, el diálogo, si se quiere, entre el cuello alto negro y la vívida mariposa bordada. La calma reina en el ambiente.

“Esto es un desastre”, bromea Michele, que cumplió 52 años en noviembre, cuando me presento ante él y su equipo. “Nos podemos relajar un poco porque está casi hecho”.  Va vestido con vaqueros azules, una camisa de cuadros de Black Watch y unas Vans rojas y blancas. La melena le cae sobre los hombros, casi un Cristo de Caravaggio, contenida solo por una trenza suelta a cada lado. Lleva las muñecas cargadas de pulseras –camafeos enlazados, brillantes circonitas, brazaletes de varios hilos– que hace sonar cada vez que realiza un arreglo. Las modelos también van adornadas con esa misma abundancia estrafalaria. “Intenta caminar con las manos en los bolsillos”, le pide a una de las chicas, vestida con una falda midi de color castaño, blusa de cuello elevado y una chaqueta con ribetes de pelo, todo hecho con un mismo tejido estampado de seda cloqué, extraído de los archivos de Valentino. Como accesorios, unas gafas de sol a lo John Lennon con charms de lentejuelas doradas y una pesada cadena de oro con un colgante de brillos, mezcla entre joyón de rapero y preciada reliquia de una duquesa viuda. “¿Te cuesta mantenerte erguida?”, le pregunta a otra modelo que se tambalea sobre unos zapatos de tiras negros y dorados, llevados con medias blancas de encaje, un body de lentejuelas y un negligé con volantes en crespón georgette –un look ideal, diría yo, para pedir una precena de ostras con caviar al servicio de habitaciones del Beverly Hills Hotel–. “Tú sigue andando como si nada”, le dice Michele con empatía.

Otra modelo emerge con un conjunto que flirtea con el conservadurismo: pantalón sastre gris de cintura alta y una chaqueta color crema de corte boxy con lunares negros, abrochada con un lazo de satén en ese rojo que hizo suyo Valentino Garavani, fundador que dio nombre a la firma y diseñó para ella durante 45 años, hasta su retirada en 2008. Como complemento, unos guantes elaborados en delicada red negra con puntos blancos bordados. El aparente recato se rompe, sin embargo, con joyería punk: una rotunda argolla de brillantes en la nariz, como elaborada para un toro imperial, y un arco de abalorios sujeto al labio inferior, una suerte de artilugio facial BDSM. Hay revuelo y aluvión de búsquedas en Google cuando alguien señala que la modelo, con su cara en forma de corazón y su largo pelo castaño, se da una aire a Isabelle Adjani. Ella se sonroja, halagada con la comparación, y le brota una sonrisa de oreja a oreja que da con el adorno labial en el suelo.

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