Pero que nadie se equivoque. Aunque parta de una inquietud en cierto sentido analítica, lo que hay en este nuevo trabajo de la palmera es, ante todo, emoción. Una emoción, eso sí, a la que se le ha dado una pátina de sosiego y asertividad. Como si con estas 11 canciones (la que da nombre al disco es para escucharla en un bucle eterno) hubiera querido tanto documentar como hacer las paces con una realidad que se presenta más difícil de habitar de lo que a priori podría parecer. “Hay un anhelo de dignificar los sentimientos de todas las maneras posibles. Sabernos vulnerables, sabernos valientes, conscientes del contexto que te ocupa. Este disco es la radiografía de dos años de vida en los que he estado componiendo y, en este periodo, me han pasado cosas preciosas, pero también hay un conflicto derivado de ver cómo todo el rato está presente la dimensión pública que ahora tengo. Echaba de menos el confort de mi casa, que es el espacio en el que habitualmente compongo, y albergaba también una incomodidad propia al no poder estar conmigo misma y con mis propios pensamientos”, ahonda.
Un buen ejemplo de lo anterior es La soledad, el primer sencillo de este nuevo álbum –un tema que vio la luz el pasado 28 de noviembre–. En esta canción, cuya letra presenta un tinte de ironía, se hace referencia a una circunstancia que, si bien no es la deseada, tampoco tiene por qué impedir el desarrollo de una vida plena. “De fondo, hay una aceptación de lo que está ocurriendo. Para bien y para mal. Tanto en el ámbito del amor y del desamor como de afrontar la mirada frente al espejo y validarla. Por eso, quizá, hay un poso de incomodidad mayor en este disco a lo que siempre he estado acostumbrada a escribir. Aquí no siempre la tristeza contiene ese hilo de esperanza. La oscuridad está un poco más presente, lo que también evidencia el proceso de madurez que voy experimentado. Tengo 25 años. Ojalá que me quede mucho por aprender”, explica la canaria, que en estos dos últimos años ha cosechado dos nominaciones consecutivas a los Premios Goya en la categoría de Mejor canción original –por El borde del mundo (El 47, en 2025); y por El amor de Andrea (junto a Vetusta Morla para la película homónima del realizador Manuel Martín Cuenca, en 2024).
En esa necesidad de reconciliarse con las emociones propias y las particularidades del momento vital que se atraviesa, la palmera ha querido presentarse ante el público en su versión más cruda. De ahí nacen, entre otros, los magníficos versos del sencillo El cuerpo después de todo que dicen: Ojalá a la piel desnuda / la miren con ternura / cuando una no puede. “A veces, sientes que no puedes. A veces, eres enemiga propia. Quitarse la careta y lanzar ese mensaje es relevante porque puede que sirva para que la gente te trate con más amabilidad. Yo he tenido la suerte de que mi público siempre lo ha hecho, pero las cosas van creciendo poquito a poco y es normal que te asalten ciertos miedos. Por eso defiendo que, si te muestras como eres, la gente puede empatizar más porque están viendo, no a ‘la artista’, ese ente que trata en ocasiones la industria de proclamar, sino a un ser humano que no deja de ser una más que va por la calle”, revela la cantante, que se siente muy orgullosa de haber introducido en este tema una referencia a Paul Auster y su libro La invención de la soledad en el verso: Un pensamiento que no cabe en el lenguaje.

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