04/07/2026

Un verano sin planes (y no pasa nada)

Me encuentro en una casa con un porche grande, rodeado de barandillas negras de hierro que le dan un aire setentero o japonés. Las paredes son blancas y el techo tiene un gran ventilador. Aquí no se oye nada que tenga que ver con la ciudad. No pasan coches, no hay terrazas ni comercios. El sonido solo proviene de los animales: una tortuga carnívora que pasa los días intentando salir de su jaula; urracas negras que, según les da el sol, parecen azules; gorriones y cotorras argentinas de esas verdes se entrelazan, consiguiendo una única melodía a un perfecto compás de dos por dos; chicharras que no descansan nunca y un burro que, de vez en cuando, alza la voz rompiendo el equilibrio de todo lo que parecía armónico. También hay libélulas rojas y abubillas con crestas del mismo color, que van por libre y cantan al ritmo de “up-up-up”.

Un verano sin planes

Andrea Savall

A la izquierda tengo un gran cactus, que es el único que se encuentra a gusto en este clima de calor extremo. Los geranios no han sobrevivido a las altas temperaturas, pero del romero aún se percibe olor. Llevo semanas intentando escribir sobre el verano sin planes que se me presenta por delante, pero me sentía aturdida y aplatanada, como si no tuviera nada que decir.

Sentada en este porche pienso que el verano es mejor en las casas viejas. Las piscinas viejas, los paelleros viejos, los bikinis viejos, los manteles que han sostenido años y años sandías distintas en platos que ahora nos parecen viejos. El verano pide reposo, pide siestas, pide bajar el ritmo, y a veces, en las casas nuevas, eso es imposible. Un amigo me dijo el otro día que el verano era para los niños o para los ricos. Pero creo que los niños también se aburren en verano y los ricos nunca llegan a desconectar en vacaciones. Quizás el verano solo pertenezca a la gente que cumple años durante la estación, como P., que tiene diez años y hoy me ha enseñado a tirarme de cabeza. No podía creer que a mis treinta y dos años aún no supiera. Me gritaba palabras de ánimo desde la piscina, recostada dentro de su flotador verde:

—¡Vamos, Andrea, tú puedes!
—Así no, vuélvelo a intentar juntando la barbilla al pecho. Mira para abajo.

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