
Durante milenios, la lucha del hombre con la naturaleza se representó en el mundo mediterráneo a través de la lucha contra una de sus manifestaciones más vigorosas y temibles: los bisontes primero, los toros después. Distintas formas de tauromaquia, de Creta a España, dejaron sus huellas en el arte y en las costumbres. Esas exhibiciones escenográficas, que evolucionaron con el tiempo, constituían traslaciones teatrales de una batalla real; en ellas, claro, casi siempre ganaba el hombre, invirtiendo así la estadística que se imponía en la intemperie. Para poder subvertir la lógica del mundo (en la que el toro, más fuerte, solía vencer) y al mismo tiempo mantener a la vista esa tensión mortal, se establecieron reglas minuciosas de acercamiento a la bestia: amagos, piruetas, ademanes y trapos que iluminaban de manera simultánea la valentía del hombre y la amenaza del animal. Durante siglos, esta lucha contra el toro ha sido la única ficción teatral en la que la muerte real ha jugado un papel protagonista: la muerte real del toro, por supuesto, pero también la muerte fintada, evocada, evitada, del toreador. Esta combinación de ficciones regladas y peligros ciertos es lo que cautivó a nuestros antepasados, incluidos algunos de los grandes genios de la pintura y la literatura: de Goya a Lorca, de Picasso a Bergamín, de Alberti a Lorca. La tauromaquia ha sido un arte y ha generado mucho arte en sus aledaños.

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