
Ahora que después de la canícula vuelve a la vida el Congreso, la impresión es que sus señorías podían haber seguido de vacaciones: las mismas dificultades para construir mayorías, la misma retórica inflada y la misma incapacidad para encontrar una renovación, aunque sea cosmética, en el lenguaje y las ideas; seguimos en eso que Ortega calificaba como “mecánica de gestos repetidos”. Todo gira y se mueve, pero solo señala un rumbo, el de unas nuevas elecciones. Quizá por eso mismo el presidente no ha perdido la ocasión de reiterar en su viaje a Nueva York que cumplirá el plazo de la legislatura, el mejor revulsivo para obligar a que todos los partidos que sostienen al Gobierno cambien el chip y sigan remando en la misma dirección, que aparquen sus diferencias y se pongan el traje de faena. Un Congreso bloqueado solo puede beneficiar a la oposición. Aunque la condición imprescindible para poder seguir es que se apruebe un presupuesto.

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