
Mientras escribo esto, varios días antes de que lo leáis, he alcanzado el punto máximo de saturación ante la espeluznante manipulación trumpista del asesinato de Charles Kirk. Y no porque el atentado no me parezca terrible, sino por el uso y abuso de la víctima para avivar el fuego de un odio fanático que sólo puede agravar la situación. De hecho, que me repugnen las ideas del muerto no debe hacer que me repugne menos su asesinato, pero veo a mi alrededor, en alguna gente progresista, cierto incremento de la demonización de Kirk, como si él mismo fuera de algún modo culpable de su violento fin, un pensamiento que me parece inadmisible pero por otro lado asquerosamente comprensible, porque el sectarismo es muy contagioso y propicia rebotes en el bando contrario. También me extraña que, durante todas estas semanas de inacabable escándalo en torno a Kirk, no se haya recordado mucho más a la pobre congresista demócrata de Minnesota Melissa Hortman y a su marido, asesinados a tiros en el pasado mes de junio por un tipejo llamado Vance Boelter, de 57 años, republicano censado desde 2000, admirador de Trump, antiabortista y homófobo (también disparó e hirió muy gravemente en el mismo día al senador demócrata John Hoffman y a su esposa). ¿Y por qué no mencionamos esto casi nunca, aun siendo tan grave y tan reciente? Porque el arrasador discurso sectario trumpista lo ha borrado. Una pena, porque ser conscientes de ambos crímenes nos proporciona una idea más real de lo que está sucediendo en Estados Unidos. De cómo esa sociedad se está crispando y desgarrando, hundida en la vorágine extremista.

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