La semana pasada hice la maleta y viajé a Santander. He pasado cinco días en el Palacio de la Magdalena, al amparo de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Las palabras azules del mar entraron de forma limpia en las olas de las aulas, los cafés y las conversaciones. Me sentía llegar hasta la orilla al hablar de poesía con los alumnos y recordar a Pedro Salinas, Federico García Lorca, Gloria Fuertes o Jaime Gil de Biedma. ¿Para qué sirve la poesía? También entraban barcos por las ventanas del Palacio. Preguntaban por los libros que navegan entre mis manos cada vez que me tiendo a leer en una habitación. ¿Para qué servimos usted y yo? Estos días azules y este sol de la infancia recuerdan la alegría de los veranos de siempre. Me han metido prisa, quiero buscar ya, lo antes posible, la Bahía de Cádiz, las dunas y los pinares de Rota. Se necesita el mar de los veranos como se necesita un verso para saber qué decimos al decir soy yo, como se necesita un abrazo, un buen poema, para comprender lo que vivimos al decir te quiero.

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