Lily Allen y David Harbour, fotografiados en junio de 2024 en Nueva York.Sean Zanni
Pero Lily es una artista, y la ventaja con la que cuentan los artistas es que, si bien quizá su sensibilidad les condena a terminar en coordenadas dañinas y sufrir más de lo debido, pueden generar cosas bellas con su dolor. El viernes pasado, West End Girl veía la luz. El disco es un exorcismo. En él, Allen se vomita a sí misma, en un acto sacrificial que le permitirá renacer. El proceso de escribirlo ha sido arduo, maniaco y hasta traumático, pero también fluido, pues, como explica, surge de la verdad. Y cuando algo es honesto, se nota. Ella especifica, no obstante, que no se trata de una fotografía; se ha servido de sus experiencias recientes para inspirarse, claro (sería absurdo negarlo), pero la obra cobra luego vida propia. Ya dije aquí lo que opino sobre obsesionarse con qué partes de un trabajo de este tipo son ciertas. En este caso resulta casi inevitable, dado que ambos protagonistas son famosos, la relación ha sido pública y el contenido que se nos regala es jugoso, y además es que Allen juega con ese elemento (lo que la gente sabe ya) para construir la trama, pero no hay duda de que el valor del álbum trasciende el morbo.
Con ritmos ligeros y pegadizos, incorporando palabrotas al registro dulce en el que se mueve su voz, Allen evoca la desesperación de hallarse inmersa en un vínculo en el que el otro se le escapa. El personaje masculino de West End Girl reacciona mal al éxito profesional de su chica, demanda sexo sin proporcionar seguridad afectiva, miente, insiste en abrir la relación y luego no cumple las cláusulas de los acuerdos. Allen convierte a una tal Madeleine en una amante tan célebre como la Jolene de Dolly Parton o la Becky with the good hair de Beyoncé, aunque esta némesis moderna no es tanto una enemiga sin voz como una secundaria concebida en clave feminista, pues empatiza con la esposa traicionada y expresa su voluntad de ayudarla en lo que necesite (no descarto que eso crispe aún más los nervios de la autora). Allen se desangra, escupe, abofetea, araña y luego se derrumba, agotada. Lo ha dado todo, confió, y ha perdido. Ha perdido. Pero, y ahora soy yo la que sentencia, perdiéndola a ella, más ha perdido él.

Más historias
La boda en Málaga del artista Rafa García y Rubén (fundador de Garado Studios): un enlace más allá del tiempo y el lugar
Todos los lugares a los que Dua Lipa y Callum Turner han ido en su luna de miel en Italia
El estilo ‘dark’ (y los tacones imposibles) de Monica Bellucci se mantienen intactos incluso en verano