Corría el año 99, tenía yo diez años y cada sábado a las ocho y cuarto de la noche me plantaba ante la tele para ver a Silvia Jato. Ella era la presentadora de Mírame, un programa con el que Antena 3 hacía autobombo enseñando cómo se hacían los programas de la casa. Desde la primera entrega Silvia tuvo toda mi atención. Empezaba siempre diciendo “¡Hola, mirones!” y allí me tenía a mí, con los ojos bien abiertos. Me fascinaba ver la tele por dentro, los platós, las cámaras, los focos… A día de hoy todo el mundo ha visto cómo se graba un programa o una peli, pero por aquel entonces no había redes sociales y la tele y el cine eran única y exclusivamente lo que aparecía en pantalla, lo que había ante la cámara. Recuerdo que mi abuela me contaba que cuando de pequeña veía a gente morir en las pelis del oeste pensaba “¿y los actores se prestan a morirse para salir en la película? ¡Cómo los engañan!”. La engañada era ella. Había un lío enorme en su cabeza sobre la realidad y la ficción. El mismo, supongo, que yo intentaba deshacer sentándome ante Silvia Jato. Porque a fin de cuentas era eso lo que a mí me fascinaba: la realidad tras la mentira.
El programa de Silvia Jato estaba centrado en las producciones de Antena 3, pero a veces, supongo que también a modo promocional, ponían el making of de alguna película de próximo estreno. En 1999 esto de los making of era toda una novedad y esa novedad me tenía fascinado. Que Mírame fuera un programa semanal me parecía un ultraje. ¡Yo quería más! Quería más cámaras sobre raíles, más actores colgados de cables, más focos simulando la luz del sol. Afortunadamente, los DVD’s estaban por venir. En agosto de 2002, con el dinero que me dio mi abuela por mi cumpleaños, me compré el de El señor de los anillos. Esa compra es significativa y reveladora porque un servidor, en casa, no tenía reproductor de DVD’s. Tenía, pues, el disco y ningún aparato para reproducirlo pero sabía que ese aparato llegaría tarde o temprano y que ese tesoro, ese DVD, debía ser custodiado hasta entonces. Ese disco era importante para mí no tanto por la película sino por el material extra que traía consigo. Los benditos making of al alcance de mi mano, sin tener que esperar al sábado a las ocho y cuarto de la noche.
El reproductor de DVD llegó a casa por Navidad y me convertí en un espectador ferviente de extras de todo tipo. Veía los extras y luego las películas. O los extras sin película. Fueron esos extras los que me enseñaron que nada es de verdad en el cine y que el espectador es capaz de emocionarse con tan solo un cartón pluma. Todo en la pantalla es de mentira, pero lo que provoca, las risas y las lágrimas, son de verdad. Y, claro, yo quería dedicarme a eso. Yo quería, por supuesto, aprender a mentir y pasarme la vida haciéndolo. Por eso, supongo, acabé estudiando cine.
Tenía diecinueve años cuando acabé el primer curso de cinematografía y el profesor nos mandó volver de vacaciones con un cortometraje que narrara exactamente qué era para nosotros el verano. No recuerdo si lo pensé genuinamente o me dejé llevar por la espectacularidad de las imágenes que emanaba la idea, pero rápidamente pensé en el circo que se instalaba en el pueblo de mi abuela a mediados de agosto. Con diecinueve años –y mi abuela ya fallecida– recordaba ir con ella de pequeño. Los demás niños iban una tarde a ver el espectáculo, pero mi abuela era prima de la taquillera y nosotros íbamos casi cada tarde allí. Me sabía el orden de los números, las frases del domador de leones, los chistes de los payasos; me encantaba estar allí con mi yaya y, claro, cuando años después me preguntaron qué era para mí el verano, mi respuesta fue automática.

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