Cuando me preguntan qué es el flamenco para mí, recuerdo lo que Natalia Ginzburg escribió en Léxico familiar: que su familia se reconocía en un idioma propio hecho de refranes y frases compartidas. Yo crecí dentro de algo parecido, pero nuestro idioma estaba hecho de cantes, compases, silencios y la literatura que los acompañaba. Las palabras de Ginzburg conservaban la memoria de su familia, igual que un cante guarda la memoria de un pueblo. En ambos casos, el lenguaje no es solo un medio: es una casa. Un lugar al que uno puede volver, aunque todo lo demás haya cambiado.
Cuando era niña, si mis hermanos o yo preguntábamos demasiado, movidos por la curiosidad propia de la infancia, mi padre solía cantar: “No preguntes por saber, que el tiempo te lo dirá; que no hay cosa más bonita que saber sin preguntar.” Yo creía que esos versos nos pertenecían solo a nosotros, hasta que años después los escuché en voces de distintos cantaores. Si al llegar del colegio mojábamos el pan en la sopa con hambre voraz, él recitaba, medio cantando: “Pajarillos jilgueros, ¿qué habéis comío? Sopitas de la olla y agua del río.” Era una nana que mi abuela paterna le cantaba de niño, y que luego heredamos nosotros.
El flamenco, para mí, son aquellos viajes en coche con mi familia, escuchando a Marchena o a Caracol mientras me dormía en el asiento trasero, apoyada en el hombro de alguno de mis hermanos, Kiki o Estrella. De fondo, mi padre comentaba los cantes con mi madre o decía “¡ole!” al compás de lo que escuchábamos.
El flamenco son las celebraciones familiares a ritmo de tangos y bulerías, el oficio que con devoción y alegría se vive en mi casa. Durante mucho tiempo creí que era solo la música de mi familia, una tradición heredada como los gestos o los silencios. Pero con los años entendí que formaba parte de algo mayor: de la cultura universal, que aquello que yo mamé desde niña —esa lengua que creía solo nuestra— hablaba también por otros, por todos. En una seguiriya o en una soleá puede reconocerse el llanto de cualquier pueblo, la esperanza o la rabia de cualquier ser humano. Esa conciencia llegó despacio, como llegan las cosas que uno ya lleva dentro. Descubrí que el flamenco no es una música encerrada en su origen, sino una conversación abierta con el mundo. Y que quien lo escucha, aunque no entienda las palabras, comprende el alma. Porque el flamenco no se explica: se siente. No se traduce: se entrega.
Mi infancia está hecha de ese léxico compartido, de esa forma de entender la vida a través del arte. El flamenco era nuestro idioma y nuestra manera de estar en el mundo. Aprendí a reconocer las emociones antes de poder nombrarlas, a escuchar antes de hablar. Cada cante era una lección de humanidad; cada silencio, una enseñanza sobre la medida del alma.

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