María Eugenia Diego (Zamora, 1989) estudió arquitectura, pero su verdadero destino creativo le estaba esperando entre fibras y tallos, mucho más allá de los planos y maquetas propios de su paso por la universidad. Su acercamiento al mundo vegetal llegó casi como una sorpresa, cuando comenzó a trabajar en Loewe Flores. Allí, rodeada de texturas orgánicas, descubrió un tipo de creación que le conectaba con algo mucho más profundo. Pero el cierre de dicha tienda durante la pandemia le obligó a cambiar el rumbo y se convirtió entonces en su punto de inflexión: era el momento de construir algo propio y de desarrollar toda esa creatividad contenida que encuentra en la naturaleza su mayor fuente de inspiración.
Y así nació KOKON, el proyecto desde el que despliega su libertad con obras híbridas, que van desde instalaciones a gran escala hasta encargos decorativos, todas ellas articuladas a partir de materias primas de origen vegetal. Una sensibilidad estética a la que se le suma un dominio magistral de la composición, el equilibrio y la estructura, herencias directas de su formación arquitectónica. No obstante, este 2025 la artista ha decidido desplazar ligeramente el eje de su práctica para explorar su nueva visión. Una decisión que ha dado lugar a una especie de trilogía de proyectos que prescinden de las flores en favor de los materiales puramente vegetales, pero que convive con la otra gran vertiente de su estudio: su trabajo en bodas y eventos, así como los arreglos “talla M” que realiza por encargo. Todo ello con la dedicación absoluta a lo botánico como hilo conductor.
Before the warp you belong to
Comenzando por su obra más reciente, esta instalación site-specific fue creada para un festival internacional en Estambul, dentro de un antiguo hamman monumental situado en pleno corazón de la ciudad. El proceso (como ella misma describe: “artesanal, trepidante y profundamente local”) dialoga íntimamente con la historia del espacio. Aquí, la zamorana parte de un relato remoto: hace 3.500 millones de años, las moléculas orgánicas comenzaron a ensamblarse en el agua, cuna de la vida. A través de la teoría de la endosimbiosis, evoca la manera en la que las distintas células primigenias se unieron para formar otras más complejas, con dinámicas de protección y beneficio mutuo.
La instalación construye una metáfora en la que la obra y el espacio confluyen. El hamman, con su arquitectura laberíntica, su luz filtrada y su historia comunitaria, se convierte en un soporte espiritual, en el urdimbre donde se “teje” una trama de fibras vegetales. Partiendo de la hebra, la unidad mínima de la materia vegetal, emerge un organismo complejo que mira hacia arriba y que invita a reflexionar sobre la necesidad de vínculos de apoyo y de procesos colaborativos realizados por personas que, en su conjunto, construyen algo mayor que la suma de su trabajo.
TEMPEST
En Tempest, KOKON actúa como directora de arte (de la mano de los fotógrafos y directores creativos Juan Borgognoni y Marko Barrier) de una creación en la que naturaleza y presencia humana se encuentran en un espacio suspendido entre el sueño y la realidad. Esta indaga en los ciclos de turbulencia y renovación, donde la fragilidad se convierte en fuerza y el movimiento se vuelve memoria. Una serie de imágenes en las que lo orgánico late de forma permanente y de una manera casi cinematográfica.


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