El pequeño hábito que me ayuda cuando estoy muy cansada: separarme del móvil
Poner el móvil en modo avión era, hasta hace relativamente poco, mi particular infusión de tila. Hacerlo de forma premeditada en determinados momentos del día (no solo en circunstancias necesarias) me ayudaba a bajar revoluciones de forma inmediata. Pero mi dependencia a lo que puedo ver en mi móvil (spoiler: casi todo, porque llevamos nuestra vida ahí dentro) ha hecho que poner el modo avión no sea suficiente porque si lo veo, si lo tengo cerca, mi impulso más primitivo e inmediato es desactivar sin pensar esa opción. Y entregarme a la dopamina rápida del scroll infinito y a la hiperestimulación que ocasionan en mi sistema nervioso los grupos de wasap y los mails. Y todo eso sabiendo que me está consumiendo energía (esa que tenemos bastante escasa) y que de forma subliminal (porque no siempre soy consciente de ello) me está poniendo en alerta.
Pero con este nivel de necesidad de mirar el móvil, ha llegado un punto en el que necesito alejarlo de mi campo visual, dejándolo en otra habitación o incluso guardándolo en un armario, para así entregarme a las bondades de la vida sin móvil, esa que me permite estar algo más relajada y recuperar la energía que pierdo cada vez que miro de forma compulsiva esa pantalla llena de estímulos. Ya lo dijo Kourtney Kardashian en cierta ocasión, “mirarlo es como si llenaran tu habitación de cosas”. Hacerlo invisible –es una de las claves de los expertos en hábitos, hacer visible lo bueno e invisible lo malo– me ayuda a evitar el impulso automático de mirarlo.
Lo que ocurre en nuestro cerebro cuando dejamos de mirar el móvil
Dicen que chequeamos el móvil entre 50 y 80 veces al día y que recibimos una media de 46 notificaciones (ese es el dato que concluyó un estudio en Estados Unidos en 2023). Pero diría que es mucho más. Y eso agota. Por eso, cuando consigo alejarme del móvil durante un buen rato, mis niveles de energía suben y mi paz mental también. Y por eso intento buscar esos momentos de forma premeditada –cuando saco a pasear a mi perro, de camino al gimnasio o durante las cenas y comidas en casa o en el trabajo– porque he notado cómo mi cuerpo y mi mente se relajan de forma inmediata. Sí, es la misma sensación de bienestar inmediato que experimentas, por ejemplo, cuando tienes una sobremesa sin teléfonos de por medio y te dedicas a hablar y reír. Y a nada más.
Y aunque esta percepción podría parecer un tanto superficial, la psicología tiene una explicación para ello. Así me lo explica María Jesús Álava, psicóloga y autora de diversos libros –el último Que nadie manipule tus emociones (La esfera de los libros)–. “Cuando nos alejamos del teléfono de repente nuestro cerebro sabe que toca tranquilidad y nuestros ritmos se relajan y comenzamos a disfrutar mucho más de lo que tenemos alrededor, los sentidos se agudizan, disfrutamos de lo que estamos viendo o escuchando. Esos momentos sin móvil son como un retiro, una desconexión que te vuelve a conectar con tus propios ritmos y con lo mejor de tus emociones. El no tener el móvil al lado supone que no hay posibilidad de recibir alertas o de que te llamen. Y aunque eso puede costar al principio y puedes sentir cierta intranquilidad, es cuestión de minutos porque pronto empiezas a disfrutar y a entrar en un ritmo infinitamente más tranquilo y sosegado”, explica la experta. Y añade: “Cuando eso ocurre nuestras funciones intelectuales mejoran y se agudiza al máximo la parte emocional”. Y claro, que nuestro cerebro no tenga que consumir energía en esos estímulos con los que nos topamos cada vez que desbloqueamos la pantalla del móvil, nos ayuda a estar menos cansadas. Y a no vivir en ese estado de hiperconexión y alerta que nos provoca ese otro mundo paralelo que hay en nuestro teléfono.
Separarse del móvil para separarse de la multitarea
Además, tal y como me explica la psicóloga Brígida H. Madsen, alejarnos físicamente del móvil también nos ayuda a sentir menos cansancio porque nos separa del afán de productividad que tan instalado está en nuestras vidas. “La carga mental define mucho el estilo de vida que llevamos hoy en día y esto nos empuja a un ritmo frenético, en el que intentamos resolver todo lo que podemos en el mínimo tiempo disponible. En este intento de ser más eficaces nos alejamos de la presencia. Desprendernos del móvil durante un rato nos aleja de la multitarea, de la atención dividida, de alarmas, recordatorios y wasaps, que nos roban la concentración y nos hacen saltar de un tema a otro. Nos permite centrarnos en lo que estamos haciendo, mantener la concentración y de nuevo, repito, la presencia. Es lógico que sintamos calma después de estos momentos de desconexión puesto que es una dinámica mucho más saludable a nivel cerebral”.

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