La serie de Vogue (A) prueba es ya una sección consolidada, cuyas nuevas entregas generan altas dosis de expectación –dentro y fuera de la redacción, según nos consta–. Así que el día a día en la oficina de esta cabecera se ha convertido en un brainstorming constante sobre qué artículos deberían formar parte de la saga y, por supuesto, quién se atreve a probarlos. De este tercer capítulo ya podemos desvelar las dos incógnitas principales: el objeto en cuestión es el bolso cacerola de Moschino –el accesorio más viral de la última colección de Adrián Appiolaza para la firma italiana– y, la encargada de defenderlo, la editora de estilo de vida de Vogue (sí, soy yo).
La forma en la que llegó a mis manos la pieza es digna de todo lo que vendría después. En Cabify, casi arrebatada de una sesión de fotos y justo al límite para poder darle el uso que quería: llevarla a la fiesta de Navidad del Mandarín Oriental Ritz Madrid de la mano de Möet & Chandon. La primera reacción tuvo lugar, de hecho, antes incluso de tenerlo en mis manos. Le mandé un mensaje de WhatsApp a mi marido explicando que estaba esperando un bolso para el evento de esa misma noche –algo que ya de por sí no entendió, porque no acostumbro a recibir ese tipo de accesorios para mis eventos–, acompañado de una foto del mismo. Su reacción, bastante predecible: “¿Es una olla?”. Mi respuesta, más que pertinente: “Es de Moschino”.
Poco después llegó el paquete y, a continuación, uno de los momentos clave de la experiencia: el unboxing ante las miradas del equipo de Vogue España. Aquí hubo de todo –aunque, por respeto a mis compañeros, no daré nombres–; de gritos de emoción al son de “por favor, es ideal” o “me encanta, es lo más”, a otros más escépticos como “¿no te va a dar vergüenza?”, o el clásico “lo siento, pero yo no lo entiendo”. Todos quisieron tocarlo, abrirlo, pasearlo, admirarlo y, por supuesto, fantasear con todo lo que podríamos meter en él.
La verdadera prueba de fuego fue salir por primera vez a la calle con el bolso cacerola. Ya dentro del edificio hubo miradas y sonrisas –incluso, alguna que otra carcajada–, pero estas se intensificaron al pasear por la Castellana. El destino era Friends in common, nuestra cafetería de especialidad de confianza; y reconozco que posar el bolso sobre el mostrador, sacar mi móvil de su interior y pagar mi flat white con leche de coco me hizo sentir más trabajo en Vogue que nunca.
Rumbo al Ritz con el bolso cacerola de Moschino
Dieron las 5 pm; hora de salir de la oficina, coger el metro –con una bolsa enorme de Moschino, no nos olvidemos– e ir a casa a cambiarme de ropa para la cita. La elección del look se basó en una única premisa: ir lo más sencilla posible. El evento consistía en un cóctel relajado para celebrar el encendido del jardín del Ritz e inaugurar la Navidad del histórico hotel, de la mano de Moët & Chandon. En este contexto, y teniendo en cuenta que el bolso ya era lo suficientemente llamativo, me decanté por pantalón y jersey en color negro, una americana oversize, una diadema que elevase un poco el estilismo y un abrigo gris de corte masculino. Reconozco que en el momento de pedir un taxi, me entraron dudas y estuve a punto de venirme abajo: ¿La gente lo entendería o pensarían que soy una mamarracha? En cualquier caso, ya no había marcha atrás.




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