Pasé dos años intentando no mirarme a mí misma en demasiado detalle. No es que viviese enganchada a los típicos alimentos inflamatorios. Sobre el papel, mi estilo de vida parecía equilibrado: caminaba mis 10.000 pasos; no me daba atracones los fines de semana… Sin embargo, casi de la noche a la mañana, durante el confinamiento, me empecé a encontrar rara. El intestino me daba guerra. Mi piel, normalmente muy estable, se rebeló con repentinas irritaciones y rojeces, y sentía una especie de pesadez generalizada como si todo mi cuerpo estuviese un poco hinchado.
Le eché la culpa a algún exceso dramático. Una noche de copas. Pasarme con la comida. Algo obvio. En lugar de eso, todos los médicos con los que hablé repetían la misma frase aburrida: inflamación de bajo grado. Hizo falta tiempo, escáneres, análisis de sangre y una incómoda sinceridad para entender que lo que me ocurría era un episodio más intenso de algo que casi todo el mundo padece alguna vez sin darse cuenta.
Crees que lo estás haciendo todo bien, pero tu cuerpo reacciona como si vivieras a base de comida basura. La nutricionista Vinoshini Rengaraj de la clínica Bodycraft ve este patrón a menudo. «Lo primero que noto en los clientes no son síntomas exagerados. Son detalles en los que no reparan», dice. «Sentirse inusualmente cansado por la tarde, hinchazón leve alrededor de los ojos, antojos repentinos de azúcar, digestión más lenta o piel apagada».
Cuando por fin quedé con mi nutricionista, no me preguntó por las comidas trampa. Me preguntó lo que comía en un día normal. Lo analizamos: el desayuno apresurado que consistía en un plátano y una barrita de proteínas, el café americano de las 4 de la tarde, los puñados de cacahuetes a altas horas de la noche porque «no he comido como Dios manda en todo el día».
Los dos hábitos que debemos cuidar, según los expertos
Los dos cambios más importantes que sugirió mi nutricionista me parecieron incluso demasiado sencillos. Rengaraj los presenta como hábitos diarios más que como reglas fijas.
Mantente bien hidratado
La inflamación se produce cuando algo se estanca: la circulación, la digestión y la linfa. Beber suficiente agua a lo largo del día suena muy obvio, pero en el fondo favorece los mecanismos antiinflamatorios del propio organismo.
Añadir, antes que evitar
«Añade cada día a tus comidas al menos un alimento rico en antioxidantes naturales«, dice Rengaraj. «Las verduras y frutas de varios colores, las hierbas, las especias, los frutos secos y las semillas aportan compuestos que reducen la inflamación».
Mi plan también consistía en estabilizar el azúcar en sangre. Combinar carbohidratos con proteínas y grasas marcó una diferencia apreciable: fruta con frutos secos en lugar de fruta sola, tostadas con huevo en lugar de mermelada y evitar el goteo diario de azúcar a través de bebidas como zumos y batidos.

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