Quienes vivieron su adolescencia en la década de 2000 reconocerán en estas melodías tan propias del pop-rock un testimonio que les sirvió de espejo a la hora de experimentar a través de la música sentimientos como la soledad, la incomprensión que se produce por el choque generacional, la intensidad de los primeros amores pero, también, el pulso de una cierta e incipiente rebeldía. Tunnel Vision las retoma y las pone al servicio de nuevos dilemas existenciales, actualizados por la presión de una realidad política y social complicada de asumir y por el sabor amargo de aquellos sueños vitales que ya no podrán hacerse realidad.
Trifilio y su banda han conseguido hablar a una generación amalgamada por los últimos millennials y los zeta más mayores no sólo sobre la experiencia de digerir las decepciones materiales que nos han tocado en nuestro tiempo, sino sobre el lugar mental en el que todo esto nos sitúa. Canciones como Tunnel Vision, Vertigo o Pixie Cut capturan de una manera prodigiosa el momento de desembarcar en la orilla de una conclusión inesperada: que no sabes bien lo que quieres, cuando lo mínimo que esperabas a esta edad era tener las cosas claras. El sentimiento de incertidumbre que tanto marca la década que atravesamos está muy presente en este compendio de diez canciones, sobre todo en títulos como Mr.Predictable, que abre el disco.
Por su parte, en propuestas como Big Pink Bubble y Violence se aduce con claridad que este sentimiento de estar perdida se desprende en gran medida de un contexto sociopolítico despiadado con las personas, y de cómo sobrevivir a la angustia de un mundo marcado por la crisis climática y las guerras, financiadas por “impuestos para asesinar” (en la letra de Violence). Desde su perfil en redes sociales, tanto Beach Bunny como la propia Trifilio han sido vocales con su posicionamiento contra el genocidio en Gaza, lanzando merch con fines solidarios con su población.
Las melodías luminosas y coreables contrastan con lo existencial de sus letras. Pero Tunnel Vision incluye un bonus track invisible o inaudible que enhebra muy bien con el material de los corazones de toda una generación. Su propuesta viene rodeada de una estética concreta. Un mundo rosa, de personajes con grandes ojos al estilo manga creados por la artista Libby Frame –con los que llegaron a lanzar un pequeño videojuego para componer looks como en tiempos del largamente perdido Doll Palace (esa web para vestir muñecas llena de prendas extremadamente propias de los 2000)–. Su propuesta camina entre el universo naíf de las series adolescentes y las paletas cromáticas del power pop, en las que imaginarías viviendo a las Supernenas.

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