Ya hemos visto ‘Marty Supreme’ y te lo contamos (sin spoilers)
“Podría venderle zapatos a un cojo”. Esta bravuconada mordaz en la que la empatía brilla por su ausencia resume a la perfección la idiosincrasia de Marty Reisman (a.k.a. Marty Supreme), el joven que luchó contra viento y marea (y con los escrúpulos contados) para hacerse un nombre en el deporte del tenis de mesa, apenas conocido en Estados Unidos cuando debutó allá por los años 50. Con un pie en el narcisismo más exacerbado y otro en la autosuperación absoluta, quien trabajara como precario dependiente en la tienda de zapatos de su tío se lio la manta a la cabeza para reunir el dinero suficiente para viajar por todo el mundo a los torneos del deporte que era su pasión, aunque para ello tuviera que atracar a mano armada al tesorero de la tienda para hacerse con su propio sueldo. El deportista, interpretado por un convincente y lenguaraz Timothée Chalamet con bigotillo, no dudará en arrimarse al árbol que más cobija (léase Gwyneth Paltrow, la mujer de un magnate del deporte) para luchar por sus sueños, aunque esta le vea venir de lejos y entable con él una relación de pura conveniencia sexual, oscilante entre el desprecio y las ganas de que todo le salga bien a ese advenedizo buscavidas que se ha metido en la suya.
Josh Safdie dirige este biopic con (muchas) licencias dramáticas de la manera más frenética posible: la sucesión de fiascos y peripecias en los que se embarca Chalamet para perseguir su sueño es de órdago, desde el secuestro del perro de un mafioso (spoiler: no sale bien) hasta bajarse, literalmente, los pantalones para conseguir la subvención que necesita, sin olvidar tiroteos varios y una huida nocturna en coche que acaba, también literalmente, en llamas. En esta ocasión, los éxitos deportivos son lo de menos, lo que se refleja notoriamente en el metraje: poco tiempo de competición, mucho de retrato de personaje y sus desastrosas relaciones humanas, en las que casi siempre acaba cosificando al otro. Con todo, la catarsis y la redención llegarán de la forma más inesperada, en las antípodas de la competitividad que lo caracteriza, subrayando que hasta los más ególatras son permeables al factor humano.

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