También vimos un puesto de piraguas, o raspados de sabores para aliviar el calor, los tacos de la esquina, una venta de oro y plata. Obviamente, estuvo presente el sombrero “Pava” que lo ha acompañado en esta conquista inversa, a través de la música. También vimos una boda colectiva, un guiño a la televisión dominical de toda Latinoamérica. Un coche antiguo, la pick-up estilo años 50, que nos recuerda el esfuerzo de nuestros antepasados y la disposición por seguir labrando la tierra, allí donde vayamos. Elementos identitarios que no se rinden, que luchan contra el olvido, contra el rechazo.
Con una estructura sencilla, reconocible, que remitía de inmediato a los hogares latinos, al barrio, a la vida cotidiana, lejos de la postal turística, esta no fue una escenografía neutra; era un gesto político y afectivo. En el contexto del Super Bowl —un espectáculo dominado por la grandilocuencia estadounidense—, La Casita nos hablaba de pertenencia, de origen y de resistencia. “Seguimos aquí”, gritaba el ‘Conejo Malo’ a todo el mundo, tras mencionar en voz alta a México, Argentina, Colombia, Chile, Brasil, Perú, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Paraguay, Guatemala, Panamá, Costa Rica, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Estados Unidos, Canadá y las Antillas.
No solo apareció la bandera de Puerto Rico, sino la de todos los países que conforman nuestra AMÉRICA. Sí, en mayúsculas. Esa que merece ser “bendecida” por completo, con una fuerza imposible de ignorar. No ondeaban como un adorno folclórico, sino como un recordatorio de una identidad compleja, marcada por el colonialismo y la supervivencia en nuestros países. Oír a toda una región en el Super Bowl 2026 fue, para mí, un momento de profunda latinidad, de orgullo y reconocimiento, de honestidad a flor de piel.
Musicalmente, el recorrido fue igual de significativo. Más allá de los éxitos globales, lo que se sentía era una narrativa compleja: ritmos caribeños dialogando con la maquinaria del pop, Ricky Martin sentado en esas sillas de monobloc plásticas, que todos conocemos y hemos disfrutado; en las que dormimos siendo niños, mientras nuestros padres bailaban. Eso sí, sin perder el mensaje principal: todos somos uno.

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