Emerald Fennell avisó de que la adaptación de Cumbres borrascosas que preparaba iba a ser una aproximación personalísima a cómo ella misma se obsesionó con la novela de Emily Brontë cuando solo era una adolescente. Y vaya si lo es. La película, que llega a los cines el 13 de febrero, es una versión en la que ni Heathcliff ni Catherine Earnshaw encajan en lo que el lector medio tiene en la cabeza. Eso es solo lo primero que el espectador percibe al asomarse a los primeros compases del filme con ellos ya adultos. En la Cumbres borrascosas de 2026 se han tomado muchas decisiones y licencias, arriesgadas y de las que definen a su directora. Marca de la que ya es una casa bastante conocida para quienes han visto Una joven prometedora o Saltburn, sus dos largometrajes anteriores y dos obras con las que la versión audiovisual de esta novela de mediados del siglo XIX dialoga en diferentes puntos que no desvelaremos para no caer en el destripe. Es excesiva, es atrevida y es, sí, única.
Ha habido muchas Cumbres borrascosas cinematográficas antes que la de Fennell. Es una novela jugosísima para trasladar a la pantalla. Raro es no estar familiarizado con Heathcliff y Catherine Earnshaw, su relación desde niños y su pasión ya en la primera juventud, pero aquí se ha decidido la directora a escoger como ella a una actriz de 35 años. Enfrente, un actor que pronto cumplirá los 29. Los personajes son sensiblemente más jóvenes que los intérpretes, pero eso no impide que uno entre de lleno en lo que aquí se cuenta, que no es otra cosa que una historia de amor prohibida entre ese niño abandonado y ciertamente asalvajado que un día entra por la puerta de Cumbres borrascosas y ya no puede liberarse de su obsesión con esta primero niña y después mujer con la que lo compartirá todo. Todo.
Cumbres borrascosas empieza por todo lo alto y no pierde el ritmo en las más de dos horas de metraje. Es, insistimos, muy arriesgada y solo por eso debería ser de obligado visionado para todos aquellos que disfruten del cine que se aleja de convencionalismos. Un festín visual para las salas. No estamos asegurando nada que no se haya podido intuir en los adelantos del filme: el vestuario, de Jacqueline Durran, juega con tejidos que recuerdan al plástico y la banda sonora la firma Charli XCX. Poco más se puede añadir. Aquí sí se respetan algunos convencionalismos del siglo XIX, pero esta Cumbres borrascosas es libérrima y hace un poco lo que quiere, también con las localizaciones en las que se ambienta el largometraje, que sí son fieles a los riscos de ese Yorkshire en los que se sitúan pasajes de la novela, pero poco más.
Al igual que en Saltburn, Emerald Fennell refleja aquí a una sociedad enfermiza y comida por el deseo y las más bajas pasiones. La moralidad brilla por su ausencia y eso hace que uno no pueda dejar de mirar, deseoso de saber hasta dónde pueden llegar Heathcliff y Catherine, sí, pero también esa Nelly, el ama de llaves a la que interpreta Hong Chau o los hermanos Linton, Edgar e Isabella, a los que dan vida Shazad Latif y Alison Oliver. Personajes llenos de dobleces. La cineasta es también la guionista de esta historia y no ha escatimado a la hora de incluir todo lo que le ha apetecido. Lo que le ha salido de lo más profundo. Esta es su adaptación, su recuerdo de adolescencia, y a partir de ahora también la de quien esto firma.

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