Dos de sus señas de identidad más reconocibles aparecen aquí tal y como ella las concebía: funcionales, reiteradas y discretamente distintivas. La diadema de Charles Wahba y las gafas Aldo de Selima Optique nunca pretendieron ser una declaración de intenciones, pero con el tiempo se volvieron inseparables de su imagen. Décadas después, siguen sintiéndose actuales.
Los zapatos
En los años noventa, sus elecciones de calzado fueron sorprendentemente coherentes: alternaba casi exclusivamente entre Prada para el día y Manolo Blahnik para la noche. Botas prácticas, mocasines gastados y kitten heels de Prada sostenían sus estilismos diarios; cuando la ocasión lo requería —galas, cenas o incluso su boda—, recurría a Manolo. Compraba sus zapatos personalmente en la antigua tienda insignia de la firma en la calle 54 Oeste de Nueva York, prueba de lo central que era la marca en su vestuario.
Tras años estudiando sus elecciones, lo que más me impresiona es su intención. Los modelos que llevó en los noventa son hoy de los más difíciles de encontrar en el mercado de segunda mano, no porque fueran tendencia, sino porque se usaban lo máximo posible, hasta el límite. Quienes la conocieron coinciden: Carolyn tenía un ojo excepcional, no tanto para detectar modas como para elegir, con paciencia, aquellas piezas que encajaban con su ritmo de vida.

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