Por primera vez, Rosalía optó por interpretar Berghain. Emergió como una diva operística, enfundada en un vestido acampanado con abullonado y corsé visible en la parte trasera (además de unas medias hasta el muslo de Calzedonia), regalando los que posiblemente fueron los mejores vocals de la noche. Su voz se movía con naturalidad entre el alemán y el castellano de la canción, mientras los miembros de la industria musical asistían allí en silencio a una interpretación hipnótica.
Y entonces llegó el segundo asalto. Apartó su micrófono a un lado para dejar espacio a la otra gran estrella del tema: la mismísima Björk, ataviada en uno de sus estilismos indescriptibles. Sin duda, la aparición de la islandesa, poco habitual en esta clase de ceremonias (hacía 14 años que no asistía a una), firmó uno de los momentos más sorprendentes.
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Tras ese instante casi místico, la atmósfera cambió radicalmente. Los bailarines comenzaron a moverse de forma errática y Berghain mutó hacia una versión ravera, más cruda y electrónica, que transformó el escenario en el club nocturno berlinés que da nombre al tema.
Todo resultó en tres actos, con transiciones tan suaves como asaltantes, que confirmaron una vez más hasta qué punto es capaz de llegar. Una performance que no solo condensó varios géneros, sino que dejó flotando un pequeño adelanto de lo que está por venir en el LUX Tour, el cual arrancará el próximo 16 de marzo en Lyon. Está claro que cada fecha no será un simple concierto, sino una experiencia 360.

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